Cerré el proyecto a precio fijo: ¿gané dinero por hora?
2026-11-01
Es martes, las 13:10, y estás en la cocina del coworking con el táper en el microondas. El móvil vibra encima de la mesa.
«¡Nos ha encantado la identidad! Gracias por todo. ¿Podrías prepararnos algo parecido para la segunda tienda?»
Sonríes. De verdad. Es un mensaje bonito, de los que uno guarda.
Y justo detrás de la sonrisa llega otro pensamiento, pequeño y frío: ¿Y cuánto les cobro esta vez?
El número que dijiste de memoria
Hace seis semanas cerraste aquel proyecto por 1.800 €. Lo dijiste en una llamada, con la voz tranquila, porque el cliente tenía prisa y tú no querías perderlo. Sonaba razonable. Sonaba, incluso, bien.
Ahora el microondas pita y tú sigues mirando el mensaje.
Sabes que hubo tres rondas de cambios. Sabes que el logo se rehízo casi entero después de una reunión de «una horita» que duró dos. Sabes que hubo un domingo de tipografías y un jueves de audios de WhatsApp que contestaste mientras hacías otra cosa.
Lo que no sabes es cuántas horas fueron en total. Ni aproximadamente. Si alguien te lo preguntara ahora mismo, dirías «bastantes» y cambiarías de tema.
Lo que cuesta no saber
Nadie lo cuenta, pero es una incomodidad muy concreta: has cobrado, el cliente está contento, la factura está pagada… y aun así no puedes decir si ganaste dinero.
Porque «ganar» depende de la hora. Mil ochocientos euros por treinta horas es una cosa. Por noventa es otra muy distinta. Y entre una cifra y otra hay una diferencia que se nota en el ánimo, en esa sensación sorda de ir corriendo sin que el mes mejore.
Si no lo sabes, tienes que decidir el siguiente precio a ciegas. Y a ciegas, casi todo el mundo hace lo mismo: repite la cifra anterior «por si acaso», o la baja un poco para no arriesgar.
Así es como un precio fijo, que debería darte tranquilidad, acaba siendo una apuesta que repites sin haber visto el resultado de la primera.
La respuesta que no mandaste
Te sientas con el táper delante. Abres el chat. Escribes: «¡Qué alegría! Claro, te preparo una propuesta». Lo borras.
Escribes: «Déjame mirarlo y te digo algo esta semana». Eso suena profesional, ¿no? Lo mandas.
Pero no tienes nada que mirar. Tu «registro» son un par de correos, el calendario con reuniones sueltas y una carpeta llamada FINAL_v7_ahora_sí. Reconstruir las horas sería como intentar recordar lo que cenaste hace seis semanas.
Hay algo de vergüenza en eso, aunque no deberías sentirla. Trabajas sola, sin nadie que te lleve las cuentas, y nadie te enseñó a hacerlo. Simplemente, hasta ahora, no hacía falta saberlo… hasta que hizo falta.
El momento en que cambia el aire
Esa tarde, de vuelta en tu mesa, haces algo pequeño. Pones en una hoja las fechas que recuerdas, las reuniones que están en el calendario y las horas que, siendo honesta, calculas por encima. No es exacto. No pasa nada.
Y por primera vez ves una cifra, aunque sea aproximada. No es la peor que imaginabas. Tampoco es la mejor. Pero es una cifra, y de repente el nudo del estómago afloja un poco, porque el miedo casi nunca es al número: es a no tenerlo.
Entonces piensas algo sencillo, casi evidente: la próxima vez quiero saberlo mientras trabajo, no seis semanas después.
No hace falta un sistema complicado. Hace falta un sitio donde cada cliente, cada proyecto, cada hora y cada factura vivan juntos, y donde mirar tarde cinco minutos y no una tarde entera.
Un lunes distinto
Imagina otro lunes, dentro de unos meses.
Abres el portátil a las nueve y diez. Un café al lado. Echas un vistazo a una sola pantalla: qué proyectos están abiertos, cuántas horas llevan, qué facturas vencen esta semana, cuál se pasó de fecha.
Suena el móvil. Es un cliente nuevo que quiere presupuesto. Antes habrías dicho una cifra de golpe, con el estómago encogido. Ahora dices: «Déjame que lo mire con calma y te lo mando esta tarde». Y esta vez es verdad, porque tienes con qué mirarlo: tienes el recuerdo ordenado de cómo fueron los últimos proyectos parecidos.
No es magia. Es poder responder sin inventar.
A las seis cierras el portátil. Ya no arrastras la pregunta de si te salió bien o mal el mes. La respuesta está ahí, escrita, sin drama.
Y la segunda tienda
Volvamos al mensaje del cliente. Con tus horas más o menos a la vista, la propuesta para la segunda tienda ya no sale del aire. Sale de lo que de verdad costó la primera: del tiempo que pasó en revisiones, de dónde se te fue el domingo, de qué puedes dejar claro desde el principio.
Quizá cobres lo mismo. Quizá algo más. Quizá incluyas un límite de rondas de cambios que antes ni se te ocurría mencionar. Lo importante es que la decisión es tuya, tomada con los ojos abiertos, y no con la voz temblorosa de una llamada.
Eso es todo lo que cambia. Y es bastante.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.