Alumno nuevo pide clase de prueba gratis: ¿la cobro?
2026-11-04
Es sábado, las 10:15, y estás en la cola de la panadería. Delante de ti hay una señora que pide seis barras de pan como si fuera una negociación.
El móvil vibra en el bolsillo. Lo sacas con una mano, con la otra sujetas el bolso y el ticket con el número 34.
«Hola, Irene, me han hablado de ti. Quiero que mi hijo empiece con la guitarra. ¿La primera clase de prueba es gratis, verdad?»
Lo lees dos veces. Ese «verdad» del final no es una pregunta. Es una puerta ya abierta, y tú tienes que decidir en la cola de la panadería si la cruzas o la cierras.
Lo que piensas antes de contestar
Primero piensas: claro, es normal, así lo hace todo el mundo. Luego piensas: ¿lo hace todo el mundo? No tienes ni idea. Nunca has preguntado, y tampoco has apuntado nada.
Después llega el pensamiento incómodo, el que no dices en voz alta: si lo cobras, ¿parecerás avariciosa? Si no lo cobras, ¿estás regalando una hora de tu sábado, tu guitarra y tu paciencia a alguien que quizá no vuelva?
Te toca el 34. Pides una barra y dos napolitanas de chocolate, y no sabes si has pedido bien.
En la calle contestas con un mensaje corto y neutro: «¡Hola! Qué bien que me escribas. Te cuento cómo lo hago esta tarde, que ahora estoy en la calle». Es una respuesta cobarde y lo sabes. Pero compra tiempo.
La cuenta que nunca has hecho
En casa dejas el pan en la encimera y te sientas con el café. Intentas acordarte: ¿cuántas clases de prueba has dado este año?
Hay una chica de piano de marzo. Un adulto que quería «probar» en abril. Dos hermanos en mayo. Alguno más en septiembre, o quizá dos. Algunos se quedaron y otros no volvieron a escribir. Algunos se quedaron, pero tampoco sabrías decir cuándo pagaron su primera mensualidad.
No es que te preocupe una clase gratis. Lo que te inquieta es no saber cuántas han sido, ni cuánto de tu semana se ha ido en ellas, ni cuántas se convirtieron en alumnos de verdad.
Tu sistema es la memoria, un cuaderno con la esquina doblada y la app de notas del móvil. En el cuaderno hay una página que dice «Pablo: debe 2?» con un interrogante que lleva ahí desde octubre.
Y ahí entiende una cosa que no esperabas: la pregunta de fondo no es «¿la cobro o no la cobro?». Es que decides sin ver nada. Cada vez que alguien te pregunta por un precio, una cancelación o un favor, contestas desde el estómago, porque no tienes delante cuántas horas das, cuántas se pagan y cuántas se quedan por el camino.
Una conversación distinta
Imagina que esa misma mañana, en lugar del cuaderno, tuvieras delante una hoja tranquila. Sin florituras. Una lista de clases dadas, una columna que dice quién ha pagado y quién no, y un hueco donde se ve lo que te costó cada cancelación de última hora.
Imagina que la miras diez minutos, con el café todavía caliente, y ves algo que hasta ahora solo intuías: cuántas pruebas has dado, cuántas siguieron, cuánto tiempo de tu semana fue a ellas.
No te dice qué hacer. Eso sigue siendo cosa tuya: puedes dar la primera clase gratis, cobrarla entera, cobrar una parte o dar una media hora. Cualquiera de esas respuestas puede ser buena. Lo que cambia es que ya no la eliges por miedo a quedar mal, sino sabiendo lo que te cuesta.
Y entonces escribes el mensaje distinto. Sin disculparte, sin justificarte tres párrafos y sin ese «bueno, si quieres, podemos…» que siempre acaba contigo cediendo.
«¡Hola! La primera clase funciona así: [lo que tú decidas]. Si te encaja, te mando los horarios que tengo libres.»
Lo mandas y no se te encoge nada. Quizá el padre diga que sí y quizá diga que lo piensa. Ninguna de las dos respuestas te quita el sábado.
Un lunes cualquiera, después
El lunes por la mañana no hay nudo. Abres la hoja, apuntas las tres clases del fin de semana en dos minutos y ves de un vistazo quién está al día. Pablo, el del interrogante, tiene ahora una cifra y una fecha. Le escribes dos líneas amables, sin drama, porque ya no tienes que adivinar nada.
Cuando llega alguien nuevo, ya sabes cómo lo haces. No hace falta que sea la política perfecta, solo la tuya, la que has mirado a los ojos con los números delante. Y esa calma se nota en la voz cuando contestas por teléfono.
También se nota en otra cosa más pequeña: por fin cierras el portátil a las seis y la guitarra vuelve a ser lo que te gustaba hacer, no un gasto de energía que no sabes medir.
Si te has reconocido en la cola de la panadería
Hay quien lo resuelve con un cuaderno mejor, y es una opción tan buena como cualquiera. Si prefieres algo ya montado, hemos hecho Lessons Taught, Lessons Paid – Lesson Log & Invoice Tracker: un Excel para profes particulares donde ves quién va atrasado, lo que cuestan las cancelaciones tardías y cuándo toca pensar en subir tu tarifa. Está en inglés, y trae datos de ejemplo para que lo pruebes con tu primer alumno en pocos minutos.
Tiene 30 días de garantía: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas. Lo tienes aquí: Lessons Taught, Lessons Paid.
Y si hoy solo te llevas una cosa: que una clase de prueba no tiene por qué decidirse con el estómago encogido.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.