Me dijo que era caro y no supe qué responder (freelance)
2026-10-18
Las lentejas llevan veinte minutos al fuego cuando el móvil vibra sobre la encimera. Es la una y diez de un miércoles. Irene, diseñadora de packaging para pequeñas marcas de cosmética, se seca las manos en el pantalón y abre el correo.
«Hola, Irene. Hemos recibido tu propuesta. Nos parece bastante cara para lo que buscamos. ¿Qué margen tienes?»
Lo lee una vez. Lo lee otra. Siente un calor raro en las orejas.
Lo primero que piensa no es «tengo que responder». Es: ¿y si tienen razón?
La frase que se queda pegada
No es un mensaje agresivo. Es educado, incluso amable. Y por eso duele más, porque no hay nadie contra quien enfadarse. Solo queda la duda.
Irene apaga el fuego y se sienta con el móvil en la mano. Abre una respuesta en blanco y escribe: «Entiendo perfectamente, déjame ver qué puedo hacer». Lo borra. Escribe: «Es que este precio incluye…». Lo borra también, porque suena a excusa.
La verdad es que ese precio lo puso un viernes por la tarde, mirando lo que cobraba una conocida y restándole un poquito «por si acaso». No tiene ninguna cuenta detrás. Tiene una intuición y un miedo.
Y ahora, cuando alguien le pregunta por qué cuesta lo que cuesta, no encuentra el suelo bajo los pies.
Lo que cuesta no saber tu número
Hay una pregunta que Irene nunca se ha hecho en voz alta: ¿cuánto necesito cobrar por hora para que este negocio se sostenga, de verdad, con todo dentro?
Con todo: los días de enfermedad, las semanas sin proyecto, la cuota de autónoma, los impuestos que Hacienda reclamará a su tiempo, el portátil que algún día morirá, las horas que no se facturan porque son de buscar clientes y contestar correos.
No lo sabe. Y ese «no lo sé» tiene un coste silencioso:
- Cede en la primera negociación porque no tiene dónde apoyarse.
- Rebaja y luego se resiente, aunque no se lo diga a nadie.
- Termina trabajando el sábado para compensar lo que regaló el martes.
- Se siente poco profesional, como si todo el mundo supiera algo que ella no.
Irene se acuerda de un proyecto de hace unos meses. Un descuento «solo esta vez» que se convirtió en tres semanas de trabajo y un pago que, mirado con calma, equivalía a una tarifa de la que se avergonzaría si la dijera en alto.
Se levanta y remueve las lentejas, que ya se han pasado un poco. Le da igual.
El momento en que algo se acomoda
Esa tarde no contesta. Se da hasta el día siguiente, y eso ya es una pequeña victoria: no responder desde el pánico.
Por la noche, en lugar de darle vueltas en la cama, abre un Excel y se pone a hacer algo que lleva años posponiendo. Sin prisa. Apunta cuánto necesita al mes para vivir, cuánto se le va en la cuota y los impuestos, cuántas semanas al año trabaja de verdad y cuántas horas de esas son facturables.
No hay magia. Pero a mitad de camino ocurre algo curioso: el precio deja de ser una opinión y pasa a ser un número. Un número que puede mirar, que puede entender y que puede defender sin levantar la voz.
Y entonces se da cuenta de que su propuesta no era cara. Estaba, incluso, un poco ajustada.
No se trata de que el cliente deba estar de acuerdo. Se trata de que ella ya no necesita su aprobación para saber dónde está su límite.
Un jueves distinto
A la mañana siguiente, con el café a su lado, Irene escribe una respuesta corta:
«Gracias por decírmelo con claridad. El presupuesto refleja el tiempo y la dedicación que requiere el proyecto. Si quieres, podemos ajustar el alcance para que encaje mejor con vuestro presupuesto. Dime qué es lo más importante para vosotros».
La lee en voz alta. Suena a ella. Suena tranquila.
La envía y se queda mirando la ventana, esperando el nudo en el estómago que siempre llega después de pulsar «enviar». Esta vez no llega. Llega algo más ligero, parecido a cuando cierras bien una maleta.
Quizá el cliente acepte. Quizá reduzcan el alcance. Quizá se vayan. Cualquiera de las tres cosas es soportable, porque ninguna le rompe el mes.
El lunes siguiente, cuando abre el portátil, el ambiente es otro. No porque todo esté resuelto, sino porque cuando alguien pregunta «¿y esto por qué cuesta tanto?», ya no se queda en blanco. Tiene una respuesta, y esa respuesta no es una disculpa.
Si te ha sonado todo esto
Quizá también has mirado un «es caro» en la pantalla sin saber cómo salir. No hace falta que tengas un discurso perfecto. A veces basta con saber de dónde sale tu número.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.