Mi cliente quiere una iguala y no sé cuánto cobrarle
2026-10-29
Doce en punto, cámara encendida
El martes a las doce tienes videollamada con Raúl, el dueño de una tienda de bicicletas. Lleva tres meses comprándote publicaciones sueltas para sus redes: un reel por aquí, un calendario por allá.
Hoy llega con una idea.
—Mira, me gustaría dejarlo cerrado. Una iguala mensual, y así no tengo que pedirte las cosas una a una. ¿Cuánto sería?
Te sonríes. Asientes. Dices «claro, claro».
Por dentro, nada. Una pantalla en blanco.
Te ves a ti misma en el recuadro pequeño de la esquina, con la cara de quien hace cuentas mentales muy rápido y muy mal. ¿Cuántas horas serían? ¿Cuántas publicaciones entran? ¿Incluye contestar mensajes? ¿Y si un mes se complica?
—Déjame que lo calcule bien y te lo mando esta tarde —dices.
Raúl contesta que perfecto, sin prisa. Cuelgas. Y el silencio de tu salón pesa un poco más que antes.
La cifra que no te sale
No es que no sepas hacer tu trabajo. Eso lo sabes de sobra. Lo que no sabes es ponerle precio a todo un mes de tu atención.
Abres una hoja en blanco. Escribes «300». Lo borras. Escribes «450». Te parece mucho. Lo cambias a «380». Y ahí te quedas, mirando un número que no sale de ningún sitio, solo del miedo a que Raúl diga que no.
Porque eso es lo que se esconde detrás: no cobrar lo que corresponde, sino sonar razonable. Preferir un precio que no moleste a uno que se sostenga.
Te acuerdas de otras veces. De aquel cliente al que dijiste una cifra «a ojo» y que luego te comió media semana de mensajes. De los meses en que trabajaste más horas de las que nadie vio y la factura seguía igual de pequeña.
Una iguala suena a tranquilidad: ingreso fijo, cliente fijo. Pero si el número está mal, también es una promesa que firmas contigo misma durante doce meses.
Bajar a la calle con el móvil en la mano
Sales a comprar pan. A veces la cabeza solo piensa cuando los pies se mueven.
En la cola de la panadería, la señora de delante discute con cariño el precio de la barra integral. Y tú piensas, sin querer, que ella sabe perfectamente lo que vale cada cosa y lo que está dispuesta a pagar. Nadie le dice «ya me lo calculas luego».
Entonces te llega la pregunta, tranquila, sin drama:
¿Y si no tengo que inventarme el número? ¿Y si ya está en alguna parte, esperando a que lo mire?
Porque tu tarifa no depende de lo que Raúl esté dispuesto a oír. Depende de cuánto necesitas ganar al mes, cuántas horas reales puedes vender, y qué parte de tu tiempo se va en cosas que nadie ve: reuniones, correos, el cambio de última hora. Todo eso existe. Solo que nunca lo has puesto en un mismo sitio.
No es magia. Es poner orden a lo que ya sabes.
Esa misma tarde, sin prisa
Vuelves a casa. Te sientas, esta vez sin ese nudo en el estómago que ya te conoces de memoria.
Empiezas por lo que no se negocia: lo mínimo que necesitas para vivir y para que el negocio siga en pie, con el colchón para los meses flojos y lo que luego te toque dar a Hacienda, que ahí está, de fondo, aunque no sea hoy el día de pensar en ello. De ahí sacas cuánto vale tu hora como mínimo. No como deseo, como suelo.
Después miras la propuesta de Raúl con otros ojos. Ya no es «¿cuánto le pido?». Es «¿qué cabe dentro de esta iguala y qué queda fuera?». Y cuando lo ves así, el precio deja de ser una confesión y se convierte en una consecuencia.
Escribes el correo con la cifra, sin adornos y sin disculpas. Tres líneas sobre qué incluye. Una frase amable. Le das a enviar.
El corazón late un poco rápido, claro. Pero distinto. Es el latido de quien ha dicho algo que puede sostener.
Un martes que no se queda dando vueltas
Imagina el martes siguiente.
Puede que Raúl haya aceptado tal cual. Puede que haya pedido ajustar algo. Puede incluso que haya dicho que por ahora no. En cualquiera de los tres casos, tú sabes dónde estás. Tienes un número con raíces, y una conversación que ya no te deja en blanco.
Por la mañana abres el portátil y no hay ninguna cifra flotando en tu cabeza. Sabes cuánto entra este mes, qué horas están comprometidas y cuánto margen te queda para aceptar otro proyecto sin ahogarte.
A las seis cierras el ordenador. Y esta vez de verdad.
No es que hayas descubierto un secreto. Es que dejaste de calcular a ojo, con prisa y con miedo, algo que merece un rato tranquilo.
Si te has reconocido en el recuadro pequeño de la esquina
Si alguna vez has dicho «déjame que lo calcule» solo para ganar tiempo, no estás sola ni solo. Es una de las frases más honestas que se dicen en una videollamada.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.