Blixwerk

Cliente pide trabajo urgente en fin de semana: ¿recargo?

2026-10-28

Sábado, 11:20. Irene está en la cola de la pescadería del mercado, con el número 34 en la mano y el 27 en el cartel.

El móvil vibra en el bolsillo del abrigo. Es Dani, el dueño de una tienda de bicicletas para la que hace el diseño de catálogos.

«Hola Irene, perdona el sábado. Ha cambiado la fecha de la feria y necesito el catálogo nuevo para el lunes a primera hora. ¿Puedes? Eres un sol.»

Irene lee el mensaje dos veces. Delante de ella, una señora pide medio kilo de boquerones. Detrás, un niño tira de la manga de su padre.

Ella ya está haciendo cuentas. Pero no de dinero. Cuentas de fin de semana: el paseo del domingo, la comida en casa de sus padres, la tarde que tenía libre.

El «sí» que sale solo

Lo conoces. Tu cabeza dice que no, y tu pulgar escribe: «Claro, sin problema».

Irene ya tiene el mensaje escrito antes de que llegue su turno. Lo único que le falta es pulsar enviar.

Porque Dani es buen cliente. Porque paga (más o menos) a tiempo. Porque decir «eso cuesta más» le suena a pedir un favor, no a cobrar por un trabajo.

Se imagina escribiendo la palabra «recargo» y se le encoge el estómago. Parece una palabra de gente con oficina, con departamento de facturación, con un cartel de tarifas detrás de la puerta. No de alguien que trabaja desde la mesa del salón.

Así que borra la palabra de su cabeza antes de que exista.

Lo que cuesta un «sin problema»

El pescadero le pregunta qué le pone. Irene pide dorada, sin mirar el precio.

Mientras la limpian, piensa en lo que viene. El sábado por la tarde, abrir el archivo. El domingo, revisar imágenes, ajustar textos que Dani cambiará dos veces. El lunes a las 8:00, entregar con ojeras y una sonrisa.

Y a final de mes, una factura igual que la de cualquier otro catálogo, como si ese fin de semana no hubiera existido.

No es que ese trabajo no valga la pena. Es que nadie, ni ella misma, ha puesto un precio a su sábado. Y lo que no tiene precio se regala sin darse cuenta.

Eso es lo que no se dice en voz alta: no te molesta tanto el trabajo urgente. Te molesta no saber si te compensa, y sentir que si preguntas serás «la difícil».

El momento en que algo encaja

Irene paga, coge la bolsa y sale a la calle. Hace sol. Se sienta un minuto en un banco, junto a la fuente, y no contesta.

Por primera vez en el día, se hace una pregunta distinta. No «¿puedo?», sino: «¿Qué cuesta mi hora un martes a las diez? ¿Y qué debería costar un domingo?».

Lo curioso es que lo sabe. O lo sabía. Hace unos meses, una tarde tranquila, había calculado cuánto necesitaba cobrar por hora para que el negocio se sostuviera. Ese número vive en algún sitio de su ordenador, en un archivo con un nombre poco serio.

No tiene que inventar nada ahora, en un banco, con pescado en la bolsa. Solo tiene que mirar un número que ya estaba ahí y decidir cuánto más vale el tiempo que no era suyo para dar.

Lo que cambia es la sensación. Un recargo deja de ser una palabra incómoda y pasa a ser una frase corta, con un porcentaje y un motivo: trabajo fuera de horario, con plazo de 48 horas. Sin pedir perdón. Sin dramatismo.

Escribe a Dani:

«¡Hola! Sí, puedo tenerlo para el lunes. Al ser fin de semana y con tan poco margen, lleva un recargo del 30 %. Te paso el importe total antes de empezar. Dime si te encaja y arranco esta tarde.»

Lo lee una vez. Pulsa enviar. Respira.

Un lunes distinto

Dani contesta a los diez minutos: «Vale, sin problema. Gracias por avisar.»

No hay drama. No hay silencio incómodo. Hay un «vale».

Irene trabaja esa tarde con otra cabeza, no porque le haga ilusión, sino porque sabe lo que va a cobrar por ello. Cuando el domingo suena la llamada de su madre, apaga el portátil a las seis y se va a comer sin culpa.

El lunes entrega a las 8:15, con el café en la mano. A media mañana prepara la factura, con el recargo escrito como una línea más, tranquila y visible. Sin esconderlo. Sin explicarlo demasiado.

Lo que más le sorprende no es el dinero de más. Es la calma. Esa sensación de haber dicho lo que pensaba y de que el mundo siguiera en su sitio.

Para quien se reconoce en el banco de la fuente

No hace falta tener una gran empresa para tener una tarifa de urgencia. Hace falta, sobre todo, saber cuánto vale tu hora normal. A partir de ahí, todo lo demás (fines de semana, plazos imposibles, «para ayer») es solo una cuestión de proporción, no de valentía.

Si te ha pasado algo parecido, quizá te ayude tener ese número a mano antes de que llegue el próximo mensaje de sábado. Hemos hecho una plantilla gratuita en Excel (está en inglés) que te ayuda a encontrar tu tarifa mínima por hora y por día, y a mandar después una factura limpia, con totales automáticos, línea de impuestos y fecha de vencimiento. Puedes echarle un vistazo aquí: Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template.

La próxima vez que te escriban un sábado a las once y veinte, que tu respuesta salga de un número, no del miedo.

Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

¿Te suena? Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template (Excel) – Find your minimum hourly and day rate, then send a clean printable invoice. Excel workbook with auto totals, tax line and due date.

Ver la plantilla (en inglés)