Cuánto cambio llevar al mercadillo sin quedarme corta
2026-10-24
Es viernes, las 17:10, y estás en la panadería de la esquina con el monedero abierto sobre el mostrador.
—¿Me cambias un billete de veinte por monedas? Si puede ser de uno y de dos euros...
La panadera te mira, sonríe y abre el cajón. Pero tú ya estás sintiendo ese calor en las orejas. Es la tercera semana seguida que pides lo mismo. Detrás de ti hay cola y tienes la sensación de que todos saben que no sabes lo que haces.
Haces jabones y velas a mano. Mañana toca mercadillo en la plaza, de nueve a dos. Y tu cabeza no deja de dar vueltas a la misma pregunta: ¿cuánto cambio llevo?
La pregunta que nadie te contesta
No hay manual para esto. Llevas treinta euros en monedas y te sobran. Llevas cincuenta y te faltan. Un sábado llevaste casi nada y a las diez y cuarto tuviste que dejar el puesto con un cartel de «vuelvo en cinco minutos» para correr al bar a pedir cambio. Dos personas se fueron mientras tanto. No sabes cuánto perdiste, y eso es lo que más te molesta.
Otro sábado te pasaste de precavida. Volviste a casa con una bolsa de monedas que pesaba como una piedra y la dejaste en un cajón, sin saber si ese dinero era de las ventas o de tu bolsillo.
Porque ahí empieza el lío de verdad. Al final del día cuentas la caja y el número no te dice nada. ¿Cuánto era cambio? ¿Cuánto vendiste? ¿Y esa vela que regalaste casi sin querer? Lo apuntas en la libreta, en un trozo de papel o en el móvil. Luego no encuentras nada.
El billete de cincuenta a las nueve y cinco
El sábado amaneces antes que el despertador. Cargas el coche: mesa, mantel, cajas, el cartel de madera. En el asiento del copiloto, la bolsita de monedas. La miras de reojo en cada semáforo, como si fuera a decirte algo.
Montas el puesto. Colocas las velas de lavanda delante porque son las que más se ven. Y a las 9:05, antes de que hayas terminado de poner los precios, aparece un señor con un jabón de romero en la mano y un billete de cincuenta euros.
—¿Tienes cambio? —te pregunta, amable.
El jabón cuesta cuatro.
Sientes cómo se te encoge el estómago. Cuentas rápido en la cabeza, a mitad de la frase, intentando que no se te note. Puedes darle el cambio, pero te quedas sin nada para los siguientes. Y los siguientes siempre llegan.
Lo consigues, por poco. Pero te pasas la mañana mirando la bolsita en vez de mirar a la gente. Sonríes menos. Hablas menos del producto. Y cuando alguien duda entre dos velas, no insistes, porque ya estás pensando en el siguiente billete grande.
Lo que cuesta de verdad
No es el cambio. Nunca fue el cambio.
Es que vuelves a casa a las tres, cansada, con las manos olorosas a lavanda, y no sabes si ha sido un buen día. Vendiste, sí. Hubo gente, sí. Pero no sabes cuánto ganaste, ni qué se vendió más, ni si lo que te queda en las cajas da para el próximo sábado. Te sientas en el sofá con la libreta y un bolígrafo, y esa sensación de que llevas un pequeño negocio con la cabeza y con suerte.
Y aun así, es tu negocio. Pagas tu puesto, tus materiales, tu madrugón. Mereces saber cómo te ha ido sin tener que adivinarlo.
El viernes que cambió de sonido
Imagina otro viernes.
Sigue siendo viernes por la tarde. Pero esta vez no hay carrera hasta la panadería. Abres una hoja y ves, de un vistazo, lo que llevaste los últimos mercadillos, lo que hizo falta de verdad y lo que sobró. El número ya no es una corazonada. Es una cifra tranquila que te dice: con esto vas bien.
Preparas la bolsita en dos minutos. Cierras la cremallera. Y la dejas junto a la puerta, sin mirarla más.
El sábado a las 9:05 llega el mismo señor con el mismo billete de cincuenta. Le sonríes, le das el cambio, le cuentas que el romero lo mezclas tú con aceite de oliva. Él se lleva dos jabones. Tú sigues hablando, porque tu cabeza está en el puesto y no en la bolsa.
Al terminar, cuentas la caja y por fin el número tiene sentido. Sabes qué es cambio y qué es venta. Sabes qué producto se mueve y cuál se queda en la caja. Y hasta tienes una idea de lo que te queda de verdad, después de comisiones y de tu propio tiempo, que casi nunca cuentas.
Vuelves a casa a las tres y media con las ventanillas bajadas. Cocinas algo sencillo. Nadie te pregunta cómo ha ido, y por una vez no necesitas que lo hagan, porque lo sabes.
Un sistema pequeño, un sábado distinto
No hace falta una gran herramienta. Hace falta un sitio donde el dinero del puesto, el cambio y las existencias hablen el mismo idioma. Lo justo para que la libreta deje de ser un misterio y la caja deje de ser una apuesta.
Si te has reconocido en el mostrador de la panadería, existe una plantilla de Excel pensada para quienes venden lo que hacen con sus manos: Market Day Calm – Stall Stock, Sales & Float Tracker. Muestra el beneficio real por producto, cuánto cambio llevar y cómo van tus existencias. Está en inglés, pero se usa con los números de siempre. Tiene garantía de 30 días: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas.
Puedes verla con calma aquí: Market Day Calm – Stall Stock, Sales & Float Tracker.
Y si hoy solo necesitabas saber que no eres la única que se pone nerviosa por unas monedas, también vale. Que tengas un buen sábado.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.