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Cuánto cobrar por clase particular: el miedo a pedir poco

2026-10-21

Martes, 8:15. Estás en la cola de la panadería, con el móvil en una mano y la bolsa de tela en la otra. Vibra. Es un mensaje de un número que no tienes guardado:

«Hola, me han hablado de ti. Quiero clases de inglés para preparar una entrevista. ¿Cuánto cobras por clase?»

Leer esa última frase te acelera el pulso. Delante de ti, alguien pide dos barras y un cruasán. Tú sigues mirando la pantalla.

Llamemos a la profesora Irene. Es un personaje inventado, pero quizá te suene su mañana.

La cifra que cambia cada vez que la piensas

Irene da clases particulares desde hace tres años. Tiene seis alumnos fijos, un par de horas sueltas y una libreta con fechas, tachones y alguna flecha.

Cuando le preguntan el precio, siempre le pasa lo mismo. Piensa en veinte. Luego en dieciocho, «por si acaso». Después se acuerda de que una compañera cobra veinticinco y de que otra, según un grupo de WhatsApp, cobra quince. Al final contesta una cifra que no ha pensado, sino que le ha salido del miedo.

El miedo tiene una forma muy concreta: y si es demasiado y se va. Casi nunca aparece su gemelo: y si es muy poco y me paso un año resentida.

En la cola, Irene escribe «18 €» y lo borra. Escribe «20» y también lo borra. Paga las barras, sale a la calle y deja el mensaje sin contestar. Pasan dos horas. Contestar tarde también es una forma de decir algo.

Lo que no se ve en el precio

El problema no era solo el número. Cuando Irene intentaba ponerle precio a una clase, no sabía de qué estaba hablando.

La clase dura una hora, pero antes hay media hora preparando material. Después hay un mensaje para confirmar y otro para recordar el pago. El jueves pasado un alumno canceló a las diez de la mañana para una clase de las cinco, y ese hueco no lo cubrió nadie.

También hay dos alumnos que «ya te hago el Bizum esta semana» y llevan tres. Irene tenía una idea vaga de quién iba atrasado, pero no una respuesta. Para cobrar con calma hace falta saber qué te deben, y ella lo calculaba mirando el techo.

Sin ese mapa, cualquier precio parecía un salto al vacío. Y lo más injusto es que, cuando uno no ve cuánto trabaja ni cuánto entra, tiende a pedir poco. Pedir poco parece lo educado, lo seguro, lo que no molesta a nadie.

Solo que acaba molestándote a ti.

El momento en que se ordenó la cabeza

Ese mismo día, a media tarde, entre una clase y otra, Irene se sentó en un banco con un café frío. Abrió la libreta y sumó el mes pasado. No sumó los euros, sino las horas: las clases dadas, las canceladas, las preparadas, los mensajes de cobro.

No le salió una gran revelación. Le salió algo más sencillo y más útil: una imagen. Por primera vez veía el mes entero en una sola página. Vio quién pagaba el mismo día y quién tardaba. Vio cuántas clases se habían caído a última hora y lo que eso había costado. Vio que había trabajado más de lo que creía y cobrado menos de lo que merecía.

Pensó en la pregunta de la mañana y se dio cuenta de que, vista así, «¿cuánto cobras?» dejaba de ser una trampa. Era una pregunta normal, con una respuesta que podía darse con la voz tranquila.

No necesitaba una fórmula mágica ni que nadie le dijera su precio. Necesitaba ver sus propios datos delante, sin tener que adivinar.

Un martes que ya no da vértigo

Imagina el mismo martes, unos meses después.

Irene vuelve a estar en la cola de la panadería. Le llega un mensaje de otra persona que pregunta lo mismo. Esta vez lee, respira y sigue mirando el escaparate. Contesta allí mismo, de pie, con una frase clara, un precio claro y una línea sobre cómo funcionan las cancelaciones. Le da a enviar y guarda el móvil.

No es que sea más valiente. Es que ya no responde a ciegas.

En su semana hay pocas sorpresas. Sabe quién está al día y quién tiene una clase pendiente de pago, así que el recordatorio es un mensaje breve y amable. Sabe lo que cuesta una cancelación de última hora, y por eso puede hablarlo sin culpa. Y sabe que, cuando llegue el momento de subir el precio, no lo hará por una corazonada ni porque otra profesora cobre más. Lo hará porque lo ve en su propio registro.

El lunes por la mañana ya no empieza con ese nudo en el estómago, y el domingo por la noche tampoco. Hacienda, la cuota o el trimestre siguen existiendo, claro, pero como un fondo que no le roba el sueño. Irene cierra el portátil a una hora razonable y la tarde es suya.

Si te has reconocido en la cola

Puede que tú también tengas tu propia versión de ese mensaje sin responder. Una cifra que cambia cada vez que la piensas. Unos alumnos que pagan cuando se acuerdan. La sensación de que, si pides lo que vale tu hora, alguien se va a ir.

No hace falta resolverlo todo hoy. A veces basta con poder ver tus clases, tus pagos y tus cancelaciones en un solo sitio, para que el precio deje de ser un susto y se convierta en una decisión tuya.

Si te apetece probarlo, existe Lessons Taught, Lessons Paid – Lesson Log & Invoice Tracker, un registro de clases y facturas en Excel para profesores particulares. Está en inglés, y sirve para ver quién va atrasado, cuánto cuestan las cancelaciones tardías y cuándo toca revisar tu tarifa. Tiene una garantía de devolución de 30 días: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas. Es una herramienta de organización, no sustituye a un asesor fiscal.

Echa un vistazo aquí, sin prisa

Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

¿Te suena? Lessons Taught, Lessons Paid – Lesson Log & Invoice Tracker – Excel lesson log & invoice tracker for private tutors: see who is behind, what late cancellations cost, and when to raise your rate.

Ver la plantilla (en inglés)