Blixwerk

Cuánto cobrar por hora como diseñador gráfico: la bici

2026-11-01

Sábado, 10:20. Mateo está de pie en un taller de bicicletas con olor a grasa y a café de máquina. Su bici cuelga del soporte y el mecánico murmura algo sobre una cadena que ya no da más de sí.

El móvil vibra. Es Carolina, de una tienda de cerámica que le pidió un logotipo hace dos semanas.

«Hola Mateo, nos ha gustado mucho. Estamos pensando en renovar también la web y los envases. ¿Cuánto cobras por hora, para que lo pueda valorar?»

Mateo lee el mensaje dos veces. Es diseñador gráfico freelance desde hace tres años. Debería saber contestar a esto.

El número que sale solo

Empieza a escribir: «Unos 20 €/h». Lo borra. Escribe «25». Lo borra también.

El 20 le salió de memoria. Es lo que cobraba en su primer trabajo en una agencia, cuando todavía tenía sueldo, vacaciones pagadas y nadie le pedía factura. Es lo que le suena razonable. Lo que no le suena a abuso.

Pero mientras el mecánico golpea algo metálico, Mateo piensa en una cosa que nunca se dice en voz alta en las comidas familiares: cuando un cliente paga una hora, esa hora no es solo suya. Hay también las horas que nadie ve: los correos, las revisiones, el rato en que busca una tipografía y no encuentra nada. Hay un ordenador que algún día habrá que cambiar. Hay una cuota de autónomo que llega todos los meses, trabaje o no. Hay el trimestre, que aparece en el calendario como una nube pequeña pero constante.

No sabe cuánto suma todo eso. Y no saberlo se siente raro, como ir al súper sin mirar los precios.

Lo que cuesta quedarse corto

Mateo no lo ha dicho nunca, pero hay una cuenta que lleva dentro desde hace meses. No es una cuenta de números. Es una sensación.

Es el domingo por la tarde, cuando termina un encargo y piensa: «Qué raro, he trabajado todo el fin de semana y no sé por qué me siento igual que antes». Es la media sonrisa con la que dice «sí, claro» cuando le piden una ronda más de cambios. Es el pequeño resentimiento que aparece después, cuando el cliente ya se ha ido contento y él se queda mirando la factura.

Quedarse corto no duele de golpe. Se cuela poco a poco. Primero en la cartera, luego en el ánimo, y al final en esa voz interna que dice que quizá no eres un negocio de verdad, sino alguien que se las apaña.

El mecánico levanta la cabeza. «Veinte minutos más», dice.

Mateo asiente y mira otra vez el mensaje de Carolina. Piensa en contestar con un «te lo mando por correo» para ganar tiempo. Es lo que haría cualquiera. Pero también sabe que, si no lo piensa ahora, mañana volverá a salir el mismo número de siempre, por puro cansancio.

La pregunta que no era esa

Se sienta en un taburete junto a una pila de cámaras de aire y deja de intentar adivinar una cifra. Se hace otra pregunta, más pequeña y más amable:

¿Qué necesito yo, de verdad, para que un mes normal me salga bien?

No «cuánto cobra la gente». No «cuánto pagaría un cliente». Solo: ¿qué necesita este negocio, el suyo, con sus gastos reales, con sus semanas de vacaciones que no se cobran y sus días en que no hay encargo?

Lo curioso es que la pregunta, así planteada, ya alivia algo. Ya no es una cuestión de valentía ni de suerte. Es una cuestión de mirar las cosas con calma y ponerlas una al lado de otra, en un papel que no juzga.

Y de pronto entiende que lo que le pasaba no era que no supiera cobrar. Era que nunca se había sentado a mirar sus propios números con la misma atención con que mira un kerning.

Un lunes de otra manera

Imagina, mientras espera, cómo sería. No una vida perfecta, solo un lunes normal.

Abre el portátil a las nueve. Entra un correo de un cliente nuevo preguntando por tarifas. Y en lugar de ese pequeño vacío en el estómago, Mateo respira. Tiene una cifra. No una cifra que le suene bien, sino una que sabe de dónde sale. La dice en voz tranquila, sin disculpas, sin ese «bueno, depende» que lleva meses repitiendo.

Si el cliente dice que es mucho, no se hunde. Puede decir que sí a otra cosa, o puede decir que no. Pero lo decide él, con la cabeza fría y el café todavía caliente.

Por la tarde cierra el portátil a una hora razonable. No porque haya terminado todo, sino porque el trabajo de hoy ya está pagando el día de hoy. Sale a la calle, y la tarde es suya.

No hay magia en eso. Solo la calma de saber dónde estás parado.

Lo que contesta

El mecánico le hace una seña: la bici está lista. Mateo se levanta, paga, y ya en la puerta, con el casco colgando del brazo, escribe a Carolina:

«¡Gracias! Me alegra que os haya gustado. Déjame que revise cómo planteo el proyecto y te mando una propuesta con precio el lunes.»

Es una frase sencilla. Nadie diría que cambia algo. Pero Mateo siente que, por primera vez en mucho tiempo, no está respondiendo a la defensiva. Está ganando un fin de semana para hacer las cuentas bien.

Monta en la bici. La cadena suena por fin como debe: suave, sin quejarse.

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