Cuánto cobrar por hora para ganar 2000 € siendo autónomo
2026-10-17
Es domingo, las tres de la tarde, y en la mesa de casa de tus padres huele a arroz con costillas. Tu tío Paco se sirve otro vaso de vino, te mira por encima de las gafas y suelta la pregunta de todos los años:
—Bueno, y de lo tuyo, el diseño ese, ¿cuánto sacas al mes?
Te quedas con el tenedor a medio camino. Lo que de verdad piensas es: dos mil, me gustaría sacar dos mil limpios. Lo que dices es:
—Pues depende del mes, tío. Va bien.
Tu madre cambia de tema con la elegancia de quien lleva años protegiéndote. Pero la pregunta se queda sentada contigo a la mesa, junto al pan y la ensaladilla.
La cifra que no te sale
Porque "va bien" es una frase que usas mucho. Le cobras 25 la hora a un cliente, 40 a otro, y a una cafetería le hiciste el logo por un precio que redondeaste en el momento, mirando el techo. Nunca te sentaste a pensar de dónde salió cada número. Salió de cómo te sentías ese día.
Te has dicho mil veces que "si trabajo bastante, saldrá". Y a veces sale. Otras veces llega el día 28, miras la cuenta y no entiendes cómo, con tantas horas, hay tan poco.
Lo que no le cuentas a nadie es esto: no sabes si dos mil euros al mes te piden cobrar 30 la hora o 60. No sabes cuántas de tus horas son realmente de trabajo y cuántas son correos, presupuestos, perseguir un archivo, esperar una respuesta. Tampoco sabes qué parte de lo que entra se va luego en la cuota, en Hacienda, en el trimestre que siempre llega antes de lo que esperas.
Y como no lo sabes, tampoco te atreves a decir un precio con la voz tranquila. Lo dices rápido, casi pidiendo perdón.
La sobremesa que se alarga
Después del café, tu prima Elena, que trabaja en una oficina con nómina y vacaciones pagadas, te pregunta sin mala intención:
—¿Y tú cuántas horas echas a la semana?
Abres la boca y no hay respuesta. Echas "muchas". Los lunes empiezas a las nueve, pero el miércoles contestaste mensajes a las diez de la noche, y el sábado "solo ibas a mirar una cosa". Si te obligaran a poner un número, sería una suposición con buena cara.
Entonces entiendes algo que no te gusta: no es que cobres poco. Es que no sabes con qué comparar lo que cobras. Trabajas sin mapa, y cada precio nuevo es un salto al vacío.
El momento en que algo encaja
Esa tarde, en el coche de vuelta, con la ventanilla un poco abierta y tu padre callado a propósito, se te ocurre una idea sencilla. Y no es heroica. Es pequeña: ¿y si en vez de adivinar, partiera de lo que necesito?
No de lo que "se suele cobrar", ni de lo que cobra el de la cuenta de Instagram que admiras. De lo que necesitas tú, con tu vida, tus gastos, tus semanas con vacaciones y tus semanas con gripe. Empiezas a ver que un precio por hora no es una opinión sobre tu valor. Es una cuenta tranquila, con unos pocos datos honestos, que puedes hacer una sola vez y mirar cuando dudes.
No necesitas más. Ni una hoja gigante, ni un curso, ni un asesor a tu lado ese domingo. Solo un lugar donde los números dejen de vivir en tu cabeza y pasen a estar a la vista.
Un lunes distinto
Imagina el lunes siguiente. Son las nueve y media, el café aún humea y entra un mensaje de un cliente nuevo: "Hola, ¿cuánto me costaría esto?"
Antes habrías sentido ese pequeño vuelco en el estómago. Habrías escrito una cifra, la habrías borrado, habrías puesto otra más baja "por si acaso".
Ahora respiras. Sabes cuál es tu mínimo y sabes por qué. No tienes que defenderlo con discursos. Escribes tu propuesta con una frase corta, sin disculpas, y la mandas. Si el cliente dice que sí, bien. Si dice que es mucho, no te cae el mundo encima: sabes hasta dónde puedes bajar y a partir de dónde ya estarías trabajando a cambio de nada.
Y ese viernes cierras el portátil a una hora razonable, porque tus semanas empiezan a tener forma. Sabes cuántas horas facturables caben en ellas. No necesitas llenarlas hasta reventar para sentir que "estás haciendo suficiente".
No es magia, y no te promete nada que no puedas medir. Los impuestos y tu situación concreta siguen siendo cosa tuya y de tu gestoría. Pero la pregunta de tu tío ya no te pilla desnudo. La próxima Navidad, cuando te diga "¿y cuánto sacas?", podrás sonreír y decir algo que tú mismo entiendas.
Si te has reconocido en la mesa
Si alguna vez has dicho "depende del mes" para no decir "no lo sé", quizá te sirva empezar por lo más pequeño: ver tu tarifa mínima por hora y por día, con números tuyos, y poder enviar una factura limpia sin dudar.
Para eso hay una plantilla gratuita: Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template. Es un libro de Excel con totales automáticos, línea de impuestos y fecha de vencimiento (el producto está en inglés). Pagas lo que quieras, o nada. Solo es un primer paso para que el precio deje de ser una corazonada.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.