Blixwerk

Cuánto cobrar por un tinte si gasto mucho producto

2026-10-24

Es martes, las 11:15, y tienes a Carmen en la silla con el papel de aluminio a medio poner. El pelo le llega por media espalda y tiene tres dedos de raíz blanca. Ya has mezclado dos veces el color. La segunda vez, a ojo, porque la primera se quedó corta.

El bol está manchado hasta el borde. El tubo vacío está en la bandeja. El otro, casi.

—Oye, ¿y esto cuánto va a ser? —pregunta Carmen, mirándote por el espejo—. Que la última vez me dijiste cuarenta y cinco, pero hoy me lo estás poniendo todo.

Sonríes. Dices «ahora lo vemos» con la voz tranquila de quien tiene todo controlado.

No lo tienes.

El número que sale de la cabeza

Cuarenta y cinco es el precio que llevas años diciendo. Lo pusiste cuando empezaste, porque la peluquería de la esquina cobraba parecido y no querías espantar a nadie. Nunca lo has vuelto a mirar.

Pero hoy Carmen no es la clienta de la última vez. Hoy hay más pelo, más producto, más tiempo de pose y un secado largo que ya sabes que vas a hacer porque no sabes decir que no. Y tú, con el pincel en la mano, haces una cuenta rápida que no cuadra. Ni siquiera sabes qué cuenta es.

¿Cuánto cuesta el color que has gastado? ¿Cuánto vale la hora y media que llevas con ella? ¿Y la silla, que pagas pase lo que pase, haya clientas o no?

No lo sabes. Sabes que la agenda está llena. Sabes que a fin de mes, por mucho que hayas trabajado, no hay la sensación de haber ganado. Eso no lo dices en voz alta porque suena a queja, y a ti no te gusta quejarte.

El ticket del almacén

Esta mañana, antes de abrir, pasaste por el almacén de peluquería. Lo haces cada semana: dos tubos de la tonalidad que más usas, oxidante, unos guantes, papel de aluminio. En el mostrador te dieron el ticket y lo doblaste sin leerlo, como siempre, y lo metiste en el bolsillo de la bata.

Ese ticket sigue ahí. Lo notas contra la cadera mientras sostienes el pincel.

Hay una pequeña vergüenza en esto que casi nadie cuenta. Llevas años con las manos metidas en el negocio, y aun así sientes que no sabes si es un negocio. Que alguien con una hoja de cálculo se reiría de cómo calculas tus precios. Que una peluquera «de verdad» sabría exactamente qué gana con cada tinte.

Y tú ahí, con Carmen esperando.

—Cuarenta y cinco, como siempre —dices al final.

—Ay, qué bien —sonríe ella—. Es que tú me cuidas.

Asientes. Y por dentro algo se encoge, porque sabes que hoy has trabajado más de lo que cobras. Y que esa sensación no es nueva.

Lo que cuesta no saberlo

No es solo dinero, aunque también. Es la tarde del jueves en que revisas la agenda y piensas: «Esta semana he tenido mil citas, ¿por qué no me llega?». Es el domingo, cuando te dices que el lunes lo vas a mirar bien, y el lunes llega con su cola de clientas y se queda en nada.

Es no subir precios porque no sabes cuánto subir. Es dudar cuando alguien te pide un descuento porque no tienes un suelo claro debajo de los pies. Es regalar un tratamiento «para que se quede contenta» sin saber si ese regalo te sale de tu bolsillo.

Y es, sobre todo, esa idea de fondo de que a lo mejor lo estás haciendo mal. Cuando en realidad lo haces muy bien: el pelo de Carmen va a quedar precioso. Lo que falta no es talento. Es ver el número.

Un martes que no se parece a este

Imagina otro martes.

Llegas a la peluquería, abres la persiana, enciendes la luz de los espejos. Tienes una hoja sencilla con tus servicios: el tinte de raíz, las mechas, el corte, la manicura si la haces. Al lado de cada uno, una cifra tranquila: lo que te deja de verdad después del color, del tiempo y del alquiler de la silla.

Cuando Carmen pregunta cuánto va a ser, no mientes por costumbre ni improvisas. No dices «ahora lo vemos» para ganar tiempo. Dices un precio, con la voz serena, porque sabes por qué es ese.

Quizá el precio de siempre se queda igual. Quizá un servicio que te agotaba y casi no te dejaba nada pasa a tener otro valor. Quizá descubres que el tinte que más haces no es el que más te da. No lo sabes todavía. Pero sería tuyo saberlo, no un ruido de fondo.

Y el ticket del almacén ya no se dobla sin leer. Tiene su sitio.

Una hoja pequeña para empezar

Si te has reconocido en esta silla, con el bol manchado y el precio flotando en el aire, hay una hoja de Excel pensada justo para ese momento: Know What Each Service Really Earns – Product Cost & Price List Sheet. Está pensada para estilistas, manicuristas, pestañistas y barberos que trabajan por su cuenta: ves lo que deja cada servicio después del color, del tiempo y del alquiler, y de paso te queda una lista de precios limpia para enseñar. La hoja está en inglés, y el resto lo pones tú con tus datos.

No cambia tu forma de trabajar. Solo te quita el «ni idea» de encima.

Tiene 30 días de garantía: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas. No sustituye a tu gestoría ni a un asesor fiscal; es una herramienta para ordenar tus cuentas, y las decisiones siguen siendo tuyas.

Puedes verla aquí, sin prisa: Know What Each Service Really Earns

Y Carmen, mientras tanto, se va a casa con el pelo brillante. Tú, con la tranquilidad de que el próximo martes, cuando pregunte, ya sabrás qué responder.

Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

¿Te suena? Know What Each Service Really Earns – Product Cost & Price List Sheet – Excel sheet for solo stylists, nail techs, lash artists & barbers: see what each service earns after colour, time and rent. Plus price list.

Ver la plantilla (en inglés)