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Stock de seguridad: siempre pido de más o de menos

2026-10-20

Es lunes, las 8:50. Estás de pie en el trastero, con el móvil en una mano y el café frío en la otra.

En la pantalla, el formulario de pedido de tu proveedor. El cursor parpadea en la casilla Cantidad.

A tu izquierda, tres cajas de tazas color mostaza que pediste "por si acaso" en primavera. Siguen cerradas. A tu derecha, un hueco en la estantería donde debería estar el café de la casa, el que se vende solo. Se acabó el jueves. Dos clientes te escribieron y tuviste que contestar lo de siempre: "Ahora mismo no lo tengo, ¿te aviso cuando entre?"

Y ahora tienes que escribir un número.

El número que siempre es una corazonada

Llamémosla Irene. No existe, pero seguro que la conoces. Tiene una tienda online pequeña de café y cerámica, la lleva ella sola y empaqueta los pedidos en la mesa del comedor.

Irene mira el hueco de la estantería y piensa: "Esta vez pido bastante, que no me vuelva a pasar". Escribe 120. Se queda mirando el número. ¿Y si son demasiados? Lo borra. Escribe 80. Tampoco. Al final deja 100, porque suena razonable.

No sabe si lo es.

Lo que no le gusta admitir es que esa cifra sale del último susto, no de lo que de verdad ha vendido. Si la semana pasada se quedó sin nada, pide de más. Si el trimestre pasado le quedó dinero parado en cajas, pide de menos. Un péndulo. Y cada vez que cambia de lado, paga por ello.

Lo que cuesta, sin hacer ruido

Nadie te manda una factura por pedir mal. Pero se nota:

Irene no lo diría en voz alta, pero lo que más le pesa es otra cosa: parecer poco profesional. Tener una tienda de verdad y gestionarla como quien adivina el tiempo de mañana.

La llamada que lo cambió de ángulo

Ese mismo lunes, a media mañana, Irene habla con Paco, un amigo que lleva una tienda de bicicletas en Zaragoza. Ella le cuenta lo de las tazas y lo del café, medio riéndose para que no suene tan grave.

Paco no le da una fórmula. Le hace una pregunta sencilla:

—¿Tú sabes cuánto tarda en llegarte un pedido, y cuánto vendes más o menos a la semana de cada cosa? Pero escrito, no de memoria.

Irene se queda callada. De memoria, claro. Escrito, no.

Y ahí cae algo que lleva meses rondándole: el problema no era su mala suerte ni su mal ojo. Cada vez decidía a ciegas porque la información estaba repartida entre su cabeza, el cuaderno del mostrador y tres pestañas de un Excel que dejó de actualizar en junio.

El "colchón" que a veces llaman stock de seguridad, esa reserva que te cubre cuando el proveedor se retrasa o una semana se vende más de lo normal, no es un misterio reservado a las grandes empresas. Es simplemente una decisión que se toma mejor cuando se ve lo que pasa. No tiene por qué ser un número mágico. Puede ser tu número, con tus datos.

Un lunes distinto

Imagina el mismo lunes, unos meses después.

Sigues en el trastero, con el café aún tibio. Abres el archivo y no tienes que contar nada: los productos que se acercan al mínimo ya están marcados. Hay tres. El café de la casa, una de las tazas pequeñas, las bolsas de papel.

Sabes cuánto dinero tienes quieto en estantería y cuánto se mueve. Sabes cuántos días tarda cada proveedor. Escribes la cantidad en el formulario sin tachar ni dudar, y no porque estés segura de que será perfecto, sino porque la cifra tiene un porqué.

Cierras el móvil. Son las 9:05.

El jueves, cuando alguien pida café, habrá café. Y las cajas mostaza no se habrán vuelto a multiplicar en la esquina.

No es que no vuelva a haber sustos nunca. Es que dejan de ser sorpresas y pasan a ser, como mucho, un aviso con tiempo.

Si te has reconocido en Irene

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La próxima vez que escribas una cantidad, que no sea una corazonada.

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