Dejar mi trabajo para ser freelance: ¿cuánto cobrar?
2026-10-30
Son las 11:15 de un miércoles y estás en la cocina de la oficina, esperando a que el microondas termine de calentarte el café de la mañana. Lo has recalentado dos veces. Nadie lo nota.
En el móvil tienes abierta una nota con el título «Carta». Tres líneas escritas. Ninguna dice lo importante: la fecha.
Llevas meses con la misma idea. Dejar el empleo, montar algo propio, trabajar con tus clientes y a tu ritmo. Lo piensas en el metro, en la ducha, en las reuniones largas. Y siempre se atasca en el mismo punto, como un archivo que no termina de abrirse: ¿cuánto voy a cobrar?
La pregunta que no te atreves a decir en voz alta
Llamémosla Irene. Es diseñadora en una empresa de logística. Lleva seis años haciendo presentaciones, catálogos y un par de logotipos que nadie le agradeció. Tiene una nómina que entra el día 28 y, por primera vez, una lista de dos personas que le han dicho: «Si algún día te montas por tu cuenta, cuenta conmigo».
Es una buena señal. Y aun así, cuando una de ellas le escribe «¿qué tarifa tienes?», Irene deja el mensaje sin responder durante tres días.
Porque no lo sabe. Sabe lo que gana al mes. Lo que no sabe es cuánto vale una hora suya cuando ya no hay nadie detrás pagando las vacaciones, los días de baja, el ordenador, el programa de diseño ni las horas en que no entra ningún encargo.
En su cabeza hay tres números distintos y ninguno la convence. El que cobraría un amigo. El que ha visto en una web y le parece una locura. El que le da miedo decir porque «seguro que me lo rechazan».
Y debajo de todo, el pensamiento que no cuenta a nadie: ¿y si me pongo un precio y resulta que no me da para vivir?
Lo que cuesta no saberlo
No saber qué cobrar no se queda en un cuaderno. Se nota en el cuerpo.
Irene empieza a mirar ofertas de empleo «por si acaso». Se queda un viernes más delante del portátil, pensando que ya lo decidirá cuando tenga «algo más claro». Cuando su cuñado le pregunta en la comida del domingo si ya ha dado el paso, responde con un chiste y cambia de tema.
Lo peor es lo que pasa si da el salto sin ese número. Dices un precio al azar, por teléfono, con la voz un poco más aguda de lo normal. El cliente dice «vale, perfecto» demasiado rápido y tú te quedas con una sensación rara. No es alivio. Es la sospecha de que te has quedado corta.
Y esa sospecha, repetida mes tras mes, se convierte en resentimiento. Trabajas más de lo que cobras y no sabes ni dónde se ha ido la diferencia.
El momento en que algo cambia
Nada espectacular. Un sábado por la mañana, Irene se sienta con un café que esta vez sí está caliente y decide dejar de preguntarse «¿cuánto vale mi trabajo?», que es una pregunta enorme y sin fondo.
En su lugar se hace otra, más pequeña y más honesta: ¿cuánto necesito, como mínimo, por hora y por día, para que esto funcione?
No para ser rica. No para competir con nadie. Solo para tener un suelo. Un número por debajo del cual no baja, pase lo que pase.
Es curioso lo que ocurre cuando existe ese suelo. Los otros números dejan de dar tanto miedo. Ya no se trata de adivinar, sino de partir de algo. Un cliente puede pedir rebaja y ella sabe hasta dónde puede escuchar. Y si alguien dice que es caro, ya no se le cierra la garganta: sabe lo que hay detrás de su precio.
Un sistema sencillo, de los que se rellenan con calma, hace esa parte por ti. Pones lo que necesitas, lo que gastas y las horas que de verdad podrás facturar, y sale un mínimo claro. No decide por ti. Solo te quita la niebla.
Un lunes distinto
Imagina unos meses después. Irene ya no está en la cocina de la oficina. Está en su mesa, junto a la ventana, un lunes a las 9:10, con la agenda abierta.
Ha respondido a un cliente nuevo con un precio dicho sin temblar. No ha sido el más bajo ni el más alto. Fue el suyo. El cliente dijo que lo pensaría y ella, en lugar de darle vueltas todo el día, siguió con su trabajo.
Por la tarde llega la respuesta: «De acuerdo». Esa noche no hace cuentas mentales en la cama. Manda la factura al día siguiente, limpia, con su fecha de vencimiento, sin pedir perdón por existir.
No es una vida sin sobresaltos. Habrá meses flojos y conversaciones incómodas. Pero hay una diferencia enorme entre tener dudas y no tener ni suelo.
Si te reconoces en la cocina de Irene
Si tienes una nota con tres líneas de una carta sin terminar, quizá no necesites más valor. Quizá solo necesites un número de partida.
Hemos preparado una hoja de Excel gratuita para eso: calcula tu tarifa mínima por hora y por día, y además trae una factura imprimible con totales automáticos, línea de impuestos y fecha de vencimiento. La herramienta está en inglés, pero se entiende con calma y sin prisa. Es una ayuda para organizarte; no sustituye a un asesor fiscal, y las decisiones siguen siendo tuyas.
👉 Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template
Prueba a poner tus números una vez. Lo peor que puede pasar es que el miércoles siguiente, en la cocina, el café te sepa un poco mejor.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.