Dinero parado en mercancía: el trastero que no cuadra
2026-10-29
El repartidor deja el palé en la puerta del trastero y te pide la firma en el móvil. Son las 9:15 de un martes. Firmas con el dedo, medio torcido, mientras piensas lo mismo de siempre: ¿había pedido esto?
Había pedido esto. Velas de soja, tazas de cerámica y una caja de té que se vende bien en octubre. Lo que no sabes es cuántas velas quedan ya dentro, detrás de las cajas de cartón del año pasado.
Llamemos a la protagonista Marta. Es una persona inventada, pero quizá te suene. Vende desde casa y desde una tienda online pequeña. Tiene un trastero alquilado a diez minutos y, desde hace unos meses, una sensación rara en el estómago cada vez que lo abre.
La pregunta del trastero
Esa mañana, mientras arrastra el palé con la carretilla prestada, le llega un mensaje de su hermano: «Oye, si la tienda va tan bien, ¿por qué no alquilas el trastero de al lado? Dicen que hay uno libre».
Marta se queda parada con una mano en la carretilla.
¿Va bien? Vende. Los pedidos entran, los paquetes salen, el móvil vibra con notificaciones. Pero si alguien le preguntara cuánto dinero tiene ahora mismo en esas estanterías, no sabría decir un número. Ni aproximado. Ni «más o menos entre tanto y tanto».
Sabe lo que cobró en septiembre, más o menos. Lo que no sabe es lo que pagó y sigue ahí, quieto, esperando a que alguien lo compre.
Lo que cuesta no saberlo
Cuando uno no ve la mercancía parada, el coste no hace ruido. No llega ninguna factura que diga «esto es dinero dormido». Simplemente, el saldo de la cuenta baja un poco más de lo que esperabas y piensas que ha sido el mes.
Marta lo nota en cosas pequeñas:
- Compra otra caja de tazas azules porque le suena que quedaban pocas. Luego encuentra dos cajas más al fondo.
- Se queda sin el té que sí se vende, y lo descubre cuando una clienta le escribe preguntando si habrá más.
- Mira el trastero y no distingue entre «lo tengo bien surtido» y «tengo demasiado de lo que no sale».
Y hay otra cosa, la que no se cuenta en voz alta: la sensación de no ser «una tienda de verdad». Las tiendas de verdad saben lo que tienen. Ella tiene una libreta con tachones, una hoja de cálculo que dejó de actualizar en junio y una memoria que, a los treinta y pico, ya no da para tanto.
Cinco minutos en el suelo del trastero
Se sienta encima de una caja, con el palé todavía sin abrir, y hace algo que llevaba meses esquivando. Saca el móvil y escribe en una nota: ¿Cuánto dinero hay aquí dentro?
No tiene respuesta. Pero al escribir la pregunta, se da cuenta de algo que le alivia y le molesta a la vez: no es que sea mala con los números. Es que nunca ha tenido un sitio donde las cosas que compra, las que vende y las que quedan estén juntas, a la vista.
No necesita un programa de almacén de empresa grande. No necesita saber de contabilidad. Necesita, simplemente, ver su trastero con ojos de dueña: qué hay, cuánto cuesta lo que hay y qué se está acabando antes de que se acabe.
Es un pensamiento pequeño. Pero cambia el peso de la mañana. Ya no es «no sé nada de mi negocio». Es «me falta un sitio donde mirarlo».
Un martes que empieza distinto
Imagina ahora otro martes, unos meses después.
El repartidor llega con el mismo palé. Marta firma, lo entra y, mientras se hace el café, abre una sola hoja en el ordenador. Ahí aparece, sin buscar, lo que queda de cada cosa. Las velas, bien. El té, con un aviso suave de que conviene pedir ya. Las tazas azules, en silencio, porque no hacen falta.
Y arriba, un número que antes no existía: lo que vale, a precio de compra, todo lo que hay en el trastero.
No es un número bonito ni feo. Es suyo. Puede mirarlo sin que se le encoja el estómago, porque ya no es un misterio.
Cuando su hermano vuelve a preguntarle por el otro trastero, Marta no responde «ya veremos». Responde con calma: «Todavía no. Primero quiero vender lo que ya tengo». Y lo dice con la tranquilidad de quien decide mirando datos, no corazonadas.
Ese día también cierra el portátil a una hora razonable. No porque haya hecho mil cosas, sino porque ya no tiene que reconstruir en la cabeza lo que hay en las estanterías.
Si te has reconocido en el trastero
Quizá tu "trastero" es una habitación de casa, un almacén pequeño, el cuarto de atrás de tu tienda o un armario con estanterías de IKEA. Da igual. Si has pensado alguna vez no sé cuánto dinero tengo parado en mercancía, no eres la única persona que se lo ha preguntado en voz baja, delante de unas cajas.
No hace falta arreglarlo todo en un día. A veces basta con tener un sitio donde lo que compras, lo que vendes y lo que queda se vean juntos, y que te avise antes de que te quedes sin lo importante.
Si te apetece probarlo, existe una plantilla de Excel pensada para tiendas pequeñas, con alertas de reposición, valor del stock y un panel claro: Never Sold Out by Surprise – Inventory & Reorder Tracker. Viene con un ejemplo y una versión en blanco, más una guía en PDF. Sin suscripción. El producto está en inglés. Si no te ayuda, tienes 30 días para pedir el reembolso, sin preguntas.
Y si hoy solo quieres quedarte con una idea: ponle un número a lo que hay en tu estantería. Aunque sea aproximado. Es el primer paso para que el trastero deje de darte miedo.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.