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Entrevista hace dos semanas: ¿les escribo otra vez?

2026-11-01

Es martes, las 8:20, y el tren de cercanías va lleno. Irene va de pie, agarrada a la barra, con el móvil en la otra mano. Tiene abierto el correo de una empresa de logística. La entrevista fue hace dos semanas. Un jueves, por videollamada, con una mujer amable que le dijo: «Te contamos algo pronto».

Pronto ya pasó. Irene lee su propio último mensaje, el de agradecimiento. Lo escribió esa misma tarde, con tres borradores y mucho cuidado. Desde entonces, nada.

Se le cruza una pregunta que no tiene respuesta clara: ¿les escribo otra vez, o parezco pesada?

La pregunta pequeña que pesa mucho

El tren frena y Irene se tambalea. Piensa que escribir de nuevo suena a desesperación. Piensa que no escribir suena a desinterés. Las dos ideas llegan con la misma fuerza y ninguna gana.

Y debajo hay otra pregunta, más incómoda: ¿a cuántas empresas ha escrito ya?

Sabe que mandó currículums a unas quince. Algunas respondieron. Con otras hubo una llamada. Con una, esta entrevista. Pero ¿a quién le dio las gracias después de hablar? ¿A quién le dijo que seguía interesada? ¿Con quién quedó en que ella escribiría en dos semanas, y con quién en que escribirían ellos?

No lo sabe. Lo tiene repartido entre el correo, una nota del móvil que empieza con «llamar a…», un documento de Word que dejó de actualizar en octubre y una libreta en la mesilla.

Irene siente algo parecido a lo que se siente al buscar las llaves con prisa: no es grave, pero te agota.

Lo que cuesta no saberlo

En la oficina de su tía, donde ayuda unas horas mientras busca, se lo ha estado diciendo a sí misma toda la semana: «Hoy me pongo con esto». Y cada día se pone con otra cosa. No por pereza. Porque abrir ese caos significa encontrarse con todo a la vez: los silencios, los «no» que no llegaron a ser «no», las fechas que se le pasaron.

Hay un coste que casi nadie cuenta cuando se busca trabajo. No es solo la espera. Es el ruido de fondo. Mirar el correo cada rato. Dudar antes de contestar una llamada de número desconocido. Sentir que, cuando por fin te escriben, vas a llegar tarde a algo que ya no recuerdas.

Y otro más pequeño: le da vergüenza que la llamen de una empresa y no acordarse de qué puesto era. Le pasó la semana pasada. Dijo «sí, claro, el puesto de…» y rellenó con una pausa larga.

Un café, una hoja y un descubrimiento

Ese mediodía, Irene se sienta en un banco cerca de la estación con un bocadillo a medias. No tiene un plan genial. Solo está cansada de dar vueltas.

Abre una hoja en blanco y escribe, en columnas, lo único que sabe seguro: el nombre de cada empresa, el puesto, la fecha en que mandó el currículum.

Al principio es un poco deprimente. Quince filas. Varias con huecos. Pero cuando las ve juntas, algo se afloja en el pecho. Porque ya no están dispersas. Están ahí, en un mismo sitio, y se pueden mirar.

Ve que la entrevista de la logística fue hace catorce días y que, en realidad, es un plazo normal para que alguien conteste. Ve que con otras dos empresas lleva casi un mes sin ningún movimiento, y que a esas ni siquiera les escribió un segundo mensaje. Ve que una le pidió una prueba y que la fecha de entrega es el viernes.

No ha resuelto nada todavía. Pero por primera vez en semanas, sabe dónde está parada.

Entonces entiende lo que le faltaba. No era valor para escribir. Era saber cuándo tocaba y a quién. Con eso delante, el mensaje deja de ser un salto al vacío y se convierte en una frase tranquila: «Hola, solo quería saber cómo va el proceso y si necesitáis algo más de mi parte».

Lo escribe. Lo relee una vez, no tres. Lo envía.

Cómo se siente un martes distinto

Imagina, unas semanas después, otra mañana en el mismo tren. Irene va igual de apretada, pero con el móvil en el bolsillo. No tiene que comprobar nada, porque sabe que, si alguien le escribe, podrá abrir su hoja y ver de qué empresa se trata, qué se dijo y qué quedaba pendiente.

Hay respuestas que no llegan. Hay un par de «seguimos con otros perfiles». Eso duele, y es normal que duela. Pero ya no se mezcla con la niebla de «¿les habré escrito o no?».

El domingo por la tarde dedica un rato corto a mirar la lista. Marca a quién toca escribir esta semana. A quién ya no hace falta insistir. Qué entrevista viene y qué historias quiere tener a mano para contarla sin quedarse en blanco.

Y el resto del día es suyo.

No ha encontrado trabajo por arte de magia. Sigue buscando. Pero la búsqueda ya no vive dentro de su cabeza a todas horas. Vive en un sitio concreto, que se abre y se cierra.

Si te has reconocido en el tren

Si tú también llevas dos semanas esperando una respuesta y no sabes ni cuántas empresas han recibido un segundo mensaje tuyo, no estás haciendo nada mal. Estás haciendo mucho, sin un lugar donde apoyarlo.

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