Excel cambió los decimales de mi CSV y no cuadra el total
2026-10-19
Son las 11:20 de un lunes y Álvaro lleva cuarenta minutos mirando la misma celda.
Está en un coworking pequeño, con un café que ya se ha quedado frío al lado del portátil. A las 12:00 tiene una videollamada con una clienta que lleva una tienda online de cerámica. Le prometió el informe de ventas del mes. Lo tenía casi listo. Casi.
El total del informe dice 18.432,50. El total que da la plataforma de la tienda dice 1.843.250. No es una diferencia pequeña. Es un cero, o dos, que no sabe de dónde han salido.
El número que no es el que era
Álvaro exportó el CSV, hizo doble clic y Excel lo abrió como siempre. Todo parecía normal. Las columnas estaban en su sitio, los nombres de los productos también.
Pero en la columna de importes algunos números tenían coma y otros punto. Unos estaban alineados a la derecha, como los números de verdad. Otros se pegaban a la izquierda, como si fueran texto. Y uno, el de una taza grande, se había convertido en una fecha: donde antes ponía 12.05, ahora ponía «12-may».
Se acordó de que el archivo venía de una plataforma que escribe los decimales con punto. Su Excel, en español, espera la coma. Entre las dos cosas, algún número se leía bien, otro se multiplicaba por cien y otro se disfrazaba de fecha.
Él no lo sabía explicar con esas palabras. Solo sabía que la suma no cuadraba y que faltaban veinte minutos para hablar con alguien que confiaba en él.
Lo que cuesta de verdad
Lo peor no era el número. Era la película que se le puso en la cabeza.
Vio la llamada: la clienta preguntando por qué las ventas del mes parecían diez veces más altas de lo que ella ve en su panel. Vio su propia cara en la pantalla, diciendo «déjame revisarlo y te lo mando luego». Y vio, un poco más lejos, esa pregunta que nadie dice en voz alta: «¿Y este es el que me cobra por llevarme los números?»
No es una pregunta justa. Pero cuando trabajas por tu cuenta, no tienes a nadie que te cubra la espalda. Un error pequeño se siente como una grieta en toda la profesión.
Se puso a corregir a mano. Cambiar puntos por comas en una columna. Mirar fila por fila las que seguían raras. Pasar un filtro, otro, comparar con el panel de la tienda. Cada arreglo creaba una duda nueva: «¿Y si he tocado uno que estaba bien?»
A las 11:48 los totales seguían sin coincidir. Le quedaban doce minutos y un café helado.
La llamada, tal como fue
A las 12:00 entró en la videollamada. Respiró y dijo lo que tocaba decir:
—Antes de enseñarte nada, tengo que decirte que hay un problema con el formato de los importes. Los datos son buenos, pero mi hoja los leyó mal. Prefiero no darte un número del que no estoy seguro.
Hubo un silencio corto. La clienta, que tenía un horno encendido al fondo y media cocina cubierta de cajas, dijo:
—Vale. Gracias por decírmelo. Mándamelo cuando esté, mañana mismo si puedes.
No se hundió el mundo. Pero Álvaro colgó con la sensación que conoce cualquiera que trabaje solo: nadie le había regañado, y aun así se sentía pequeño. Sabía que el problema no era él. Era que cada mes abría un archivo como quien abre una caja sin saber qué hay dentro, y lo arreglaba con paciencia, a mano, a ciegas.
El momento en que algo cambia
Esa tarde se fue a dar un paseo antes de volver a sentarse. Compró un bocadillo y se lo comió de pie, mirando el escaparate de una ferretería.
Y pensó algo sencillo. Que el fallo no estaba en esa hoja en concreto. Estaba en que cada mes se repetía el mismo baile: el archivo llega, se estropea al abrirlo, él lo arregla con las manos y reza para que no se le escape nada.
Que quizá existía otra forma de empezar. Una en la que el archivo pasa primero por algo que lo revisa, te enseña qué cambiaría antes de tocar nada y te deja un resumen de lo que ha arreglado. Sin sorpresas y sin la duda de «¿habré roto otra celda?».
No necesitaba ser programador de verdad para querer eso. Solo necesitaba dejar de ser, cada mes, el corrector manual de su propio trabajo.
Un lunes distinto
Imagina el mismo lunes, pero con el archivo ya limpio.
Llegas al coworking a las nueve y media. El café está caliente porque aún no has empezado. Abres el informe, los importes son importes y los totales coinciden con el panel de la tienda a la primera. Tienes un resumen de lo que se corrigió, así que si alguien pregunta, sabes qué contestar.
Te da tiempo a escribirle a tu clienta con calma, a añadir una observación que de verdad le sirva y a salir a comer sin mirar el reloj. La videollamada de las doce es una conversación, no un examen.
No es un cambio espectacular. Es más bien el alivio de no tener ese nudo pequeño en el estómago cada vez que alguien dice «mándame el archivo».
Si te has reconocido
Si alguna vez has visto cómo un 12.50 se convertía en 1250, o en una fecha, justo antes de entregar algo, no es que seas descuidado. Es que Excel y los archivos CSV a veces no se entienden, y nadie nos lo explicó cuando empezamos.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.