Freelance principiante: cuánto cobrar por hora sin miedo
2026-10-22
Son las 13:10 de un miércoles y Valeria tiene el táper abierto sobre las rodillas, en el balcón. El arroz se enfría. En la pantalla del móvil hay un mensaje de un cliente nuevo, una tienda de cerámica que quiere vídeos cortos para sus redes:
«¡Nos encanta tu portfolio! ¿Cuánto cobras por hora?»
Valeria edita vídeo desde hace ocho meses. Tiene cuatro clientes pequeños y una cuenta de autónoma que todavía le suena a palabra grande. Escribe «25». Lo borra. Escribe «40». Lo borra también. Se queda mirando los tres puntitos de «escribiendo…» que aparecen y desaparecen, como si fuera el cliente quien dudara y no ella.
El número que no sale
La cabeza le va por dos carriles a la vez.
En uno, una voz práctica: si pides mucho, se van. En el otro, una voz más bajita: si pides poco, ya no podrás subirlo nunca. Ninguna le da un número. Las dos le dan una sensación en el estómago, ese nudo suave que aparece cuando tienes que ponerle precio a algo que has hecho tú.
Ha buscado en internet, claro. «Tarifa media de editor de vídeo». Ha encontrado cifras que van de 8 a 90 en la misma página, y ninguna sabe nada de ella: de su ordenador viejo, de las dos horas que tarda en exportar, de lo que le toca pagar cada mes por ser autónoma. Hacienda siempre está ahí, al fondo, como un ruido de nevera que no oyes hasta que se calla.
Lo que nadie le dijo es que preguntar «cuánto cobro» sin saber «cuánto necesito» es como pedir en un restaurante sin carta. Eliges lo primero que suena bien. O lo más barato, por si acaso.
Lo que cuesta no saberlo
Porque Valeria ya ha vivido esto. Su primer cliente le preguntó lo mismo y ella contestó rápido, casi con prisa por quitárselo de encima: «15 la hora». El cliente dijo que perfecto, sin dudar ni un segundo. Esa falta de duda le dolió más que un «es caro». Se quedó pensando que quizá podría haber dicho más.
Desde entonces, esos 15 la acompañan. Cada vez que abre el editor y ve que un vídeo de un minuto se le va a cuatro horas, hace la cuenta mental y se calla. Nadie le exige nada. Pero hay una pequeña rabia callada, de esas que no se cuentan en la cena familiar, porque suena a quejarse de algo que has elegido tú.
Y está el otro miedo, el contrario. El de parecer una impostora si pide lo que de verdad le haría falta. Llevo ocho meses. ¿Quién soy yo para cobrar eso?
El arroz ya está frío del todo.
La pregunta que estaba mal hecha
Esa tarde, en vez de contestar, Valeria hace algo raro: le escribe al cliente «Te paso la tarifa esta tarde, ¿te va bien?». Dos líneas, tranquilas. Él responde con un pulgar hacia arriba. Nadie se ha muerto.
Y ahí, en ese pequeño respiro, algo cambia. Se da cuenta de que llevaba meses intentando adivinar un precio que se puede averiguar. No con intuición ni con la web de otro, sino con sus propios datos: cuánto necesita para vivir, cuántas horas facturables tiene de verdad en una semana (porque no son las 40 que parecen), qué gastos tiene el negocio aunque no haya ningún proyecto en marcha.
Nada de eso es magia. Es una conversación contigo misma, con números delante, en vez de con el miedo delante. Y con un papel donde las cifras se ordenan solas, la conversación dura veinte minutos en lugar de ocho meses.
Cuando termina, tiene dos números. Uno es el mínimo por debajo del cual trabajar le sale a pérdida. El otro es un precio al que puede mirar a alguien a los ojos sin encogerse. Le sorprende lo poco dramático que resulta. No hay música ni revelación; solo un número que, por primera vez, es suyo.
Un miércoles distinto
Esa misma tarde contesta al cliente de la cerámica. Su mano ya no tiembla sobre el teclado. Escribe la tarifa, añade una frase sobre lo que incluye y pulsa enviar. Después se levanta, se pone un café, y el móvil se queda boca abajo sobre la mesa. No lo mira cada dos minutos.
El cliente tarda una hora. Responde: «Perfecto, empezamos el lunes».
No hay fuegos artificiales. Pero cuando llega el lunes, Valeria abre el portátil y las horas que apunta ya no le pesan igual. Cada una vale lo que tiene que valer. Al final de la semana no hace cuentas mentales con rabia: mira una cifra y piensa «vale, esto cuadra». A las seis cierra la tapa y sale a comprar pan sin llevarse el trabajo en la cabeza.
El miedo no desaparece del todo. Pedir dinero seguirá siendo un poco incómodo algunos días. Pero ahora hay algo sólido debajo: un número con razones, no con nervios.
Si te reconoces en el balcón de Valeria
Si estás empezando, si has escrito y borrado una tarifa más veces de las que te gustaría admitir, no es que no valgas o que seas "mala con los números". Es que nadie te enseñó a hacer esta cuenta, y hacerla a ciegas da miedo.
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Quizá la próxima vez que alguien te pregunte «¿cuánto cobras?», no tengas que borrar nada.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.