La inflación se come mi tarifa freelance: ¿cuánto cobro?
2026-10-25
Es martes, las 8:10 de la mañana, y Marisol está parada frente al refrigerador con el celular en la mano. En la pantalla, un mensaje de su casero: "Buenos días, te aviso que a partir del mes que entra la renta sube." Ni un número todavía. Solo la frase, sola, como un portazo suave.
Marisol es diseñadora gráfica en Guadalajara. Trabaja desde la mesa del comedor, con una taza que ya se enfrió. Cobra lo mismo que cobraba hace dos años. Un logo, tantos pesos. Una identidad completa, tantos más. Los números le salieron bien en su momento. Nadie le dijo que los números también caducan.
Ilustrativa o no, quizá la reconoces.
El aguacate no pregunta
La semana pasada fue a la tienda por lo de siempre. Huevo, jitomate, café, detergente. Pagó, y en la banqueta se quedó mirando el ticket como quien mira una carta que no esperaba.
No es que haya hecho una cuenta exacta. Es peor: es una sensación. Todo cuesta un poco más, y su tarifa sigue ahí, quieta, como una foto vieja. El dinero entra igual y rinde menos. Y ella sigue diciendo "mi tarifa" como si fuera una ley de la naturaleza y no una decisión que tomó una tarde cualquiera.
Lo que no le cuenta a nadie es la otra parte. Que cuando piensa en subir precios le sube un calor por el cuello. Que ya redactó tres veces el correo a su cliente más antiguo y tres veces lo dejó en borradores. Que le da vergüenza pedir más cuando "todo está difícil para todos". Y que, mientras tanto, trabaja más horas para llegar al mismo sitio.
La pregunta que da vueltas
¿Cuánto debería cobrar ahora?
Se la hace en la regadera, en el camión, a las tres de la madrugada. Y cada vez le sale una respuesta distinta. A veces un número valiente, a veces uno miedoso. Lo malo no es no saber. Lo malo es que cada respuesta nace de un humor, no de una cuenta.
Ese mismo martes, a media mañana, su amiga Dani, que traduce, le escribe por otra cosa. Hablan de un cumpleaños, de un cliente impuntual, y Marisol suelta, casi sin querer:
—Creo que la inflación se está comiendo mi tarifa y no tengo ni idea de cuánto cobrar.
Hay un silencio de puntos suspensivos en la pantalla. Luego Dani contesta:
—Yo hice lo contrario durante años. Me ponía un número a ojo y luego me enojaba conmigo misma.
Nada más. Ningún secreto, ningún método. Pero Marisol se queda con una idea sencilla: quizá el problema no es que cobre poco. Quizá es que nunca se sentó a mirar sus propios números con calma, de un tirón, sin que nadie esperara una respuesta.
El domingo en que sí lo miró
El domingo siguiente abre un archivo en blanco. No para resolver la vida. Solo para escribir, en un lugar, cuánto necesita para vivir un mes normal, cuántas horas de verdad le caben al trabajo y cuánto de su semana se va en cosas que no factura: correos, ajustes, esa llamada que nunca termina.
No es glamoroso. Pero pasa algo curioso. El número que sale no es ni valiente ni miedoso. Es solo un número. Tiene un porqué. Lo puede mirar y decir "esto es lo mínimo con lo que me quedo tranquila", y la frase no le arde en el cuello.
Y de pronto el correo que llevaba semanas en borradores deja de ser una súplica. Es un aviso. "A partir del próximo mes mi tarifa se actualiza." Lo escribe en cuatro líneas. Lo relee. Todavía le tiembla un poco el dedo al mandarlo, pero ya no el estómago.
Un lunes distinto
No todos los clientes dicen que sí al primer intento. Uno pregunta si hay margen. Otro no contesta en tres días. Uno la sorprende y responde en cinco minutos: "Claro, gracias por avisar con tiempo."
Pero el lunes siguiente, Marisol se sienta a las 9:00 con el café aún caliente. Sabe cuánto cuesta una hora de su trabajo y por qué. Sabe qué proyectos le convienen y cuáles le robaban el fin de semana. Cuando el casero le manda por fin la cifra de la renta, ella no se hunde: la suma a su cuenta, ajusta lo que toca y sigue.
La inflación no se va. Los precios siguen moviéndose. Pero su tarifa ya no es una foto vieja: es algo que puede revisar, como se revisa el recibo de la luz, sin drama y de vez en cuando.
A las seis cierra la laptop. El cuello ya no le arde.
Si te ves en la mesa del comedor
Si también te preguntas cuánto cobrar en pesos mientras todo sube, quizá lo primero no es una cifra mágica, sino tener tus propios números delante, en orden, una sola vez.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.