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La agencia descuenta repeticiones: ¿cuánto gano por hora?

2026-10-28

Son las 11:15 de un jueves y Marisol tiene la videollamada abierta con la gestora de proyectos de la agencia. La cámara de la otra persona está apagada. En la pantalla compartida hay una tabla gris con porcentajes.

«Como ves, el análisis del archivo da un 38 % de repeticiones y coincidencias parciales», dice la voz. «Eso se tarifica al cincuenta, y lo del cien por cien, al veinte».

Marisol traduce del alemán al español desde un cuarto con vistas a un patio interior de Valencia. Asiente. Dice «vale, vale». Y por dentro piensa: ¿cuántas palabras he escrito de verdad? ¿Y cuántas horas me ha costado esto?

No pregunta. Nadie le ha enseñado a hacerlo sin sentir que está regateando.

El número que no cuadra

Cuando cuelga, abre la factura que acaba de preparar. Son 11.400 palabras en el original. Después de los descuentos, la agencia le pagará por unas 7.300 «palabras equivalentes».

En su cabeza hace una cuenta rápida, de las que se hacen mirando al techo. Tarifa por palabra por 7.300. Sale una cifra que suena bien. Hasta que recuerda lo que ha pasado de verdad esta semana.

El archivo era un manual técnico con frases largas. Las «coincidencias» de la memoria de traducción no coincidían con nada que sirviera, así que tuvo que revisarlas una por una. El sábado trabajó medio día. El martes la agencia pidió entrega «para mañana a primera hora», y ella dijo que sí. Sin recargo, porque no se atrevió a mencionarlo.

Ahora tiene una cifra de ingreso y ninguna cifra de horas. Y sin las dos juntas no sabe lo único que de verdad quiere saber.

La pregunta que se queda en el pecho

Es una sensación pequeña, pero constante. No es pánico. Es un runrún.

Te pagan por palabra y trabajas por horas. Entre una cosa y otra hay un descuento aquí, una revisión allí, un «ya que estás, mira también este glosario». Al final del mes sumas lo cobrado y te parece razonable. Pero un día alguien te pregunta cuánto cobras por hora y te quedas callada, porque la respuesta honesta es «no lo sé».

Y no saberlo cuesta cosas que no salen en ninguna factura:

Marisol cierra el portátil y se va a la cocina a por agua. En la nevera hay un imán de una agencia con la que trabajó hace dos años. La factura de aquella tardó tanto en pagarse que ya ni recuerda cuántos días fueron.

La tarde en que lo miró de frente

Ese mismo día, después de comer, hace algo distinto. En lugar de abrir otro archivo para traducir, abre una hoja en blanco y se pone a recordar.

Cuántas palabras tenía el encargo. Cuántas se descontaron. Cuántas horas fueron, más o menos, porque el cronómetro lo paró cuando contestó el teléfono y no lo volvió a arrancar. Si hubo prisa. Qué agencia era. Cuándo mandó la factura.

Le lleva casi una hora y la hoja le sale fea, a medias, con celdas de colores que no significan nada. Pero al terminar, por primera vez, ve una cifra por hora para ese manual. Más baja de lo que esperaba.

No se hunde. Es curioso: duele menos que el runrún. Un número, por incómodo que sea, se puede mirar. La niebla, no.

Y entonces se le ocurre otra cosa. ¿Y si cada encargo tuviera su propia línea desde el principio? Sin tener que reconstruirla de memoria un jueves. Palabras, descuentos, recargo por urgencia, horas, agencia, fecha de factura, fecha de cobro. Todo en el mismo sitio, y de pronto la imagen entera aparece sola: cuál compensa, cuál no, quién paga tarde.

Un jueves distinto

Imagina otra versión de esa mañana.

La misma videollamada. La misma tabla gris con el 38 %. La misma voz diciendo «se tarifica al cincuenta».

Pero esta vez, mientras escuchas, ya sabes más o menos qué significa eso para tu hora. No porque hayas hecho una cuenta mental a toda prisa. Porque tienes delante, en otra ventana, lo que te dejaron los últimos encargos con esa misma agencia.

Puedes decir, sin que te tiemble la voz: «Con este tipo de archivo, a este porcentaje, me sale una hora por debajo de lo que necesito. ¿Podemos hablar de la tarifa de repeticiones, o de un recargo cuando la entrega es urgente?»

Quizá te digan que sí. Quizá que no. Pero la conversación ya no es un acto de fe. Hablas con un número en la mano, y eso cambia el tono de la llamada y también el del resto del día.

A las doce y media cierras el portátil y sales a comprar el pan. No porque hayas resuelto la vida, sino porque ya no llevas esa pregunta sin contestar bajo el brazo.

Lo que cambia de verdad

No cambia que a veces te paguen poco. Eso seguirá pasando.

Cambia que lo sabrás. Que podrás elegir qué agencias mimar y a cuáles decir «hoy no puedo». Que sabrás cuál de ellas tarda en pagar sin tener que adivinar. Que cuando alguien te pregunte cuánto cobras por hora, tendrás una respuesta y no un silencio.

Cambia, sobre todo, esa sensación de estar trabajando a ciegas. Es difícil sentirse profesional cuando no puedes decir qué ganas por hora, y mucho más fácil cuando sí.

Si te has reconocido en Marisol

Puede que tú también hayas mirado alguna vez un informe de repeticiones con la sensación de que algo no cuadra, pero sin saber exactamente qué. Hay una hoja de Excel pensada justo para eso: Per-Word to Real Hourly – Translator Rate & Job Tracker. Convierte tu tarifa por palabra en lo que ganas de verdad por hora, recoge los descuentos de la herramienta de traducción asistida y los recargos por urgencia, y te deja ver qué agencia paga tarde. Está en inglés, pero sirve igual para tus encargos en cualquier idioma.

Si quieres echarle un vistazo, está aquí: Per-Word to Real Hourly – Translator Rate & Job Tracker. Tienes 30 días para probarla, y si no te ayuda, te devolvemos el dinero sin preguntas.

Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

¿Te suena? Per-Word to Real Hourly – Translator Rate & Job Tracker – Turn per-word rates into real hourly pay, track CAT discounts and rush fees, and see which agency pays late. Excel tracker for translators.

Ver la plantilla (en inglés)