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Dije mi tarifa por teléfono al azar: ¿y ahora qué cobro?

2026-10-25

Es martes, las 11:20, y llueve. Estás bajo la marquesina del autobús con una bolsa de la tienda de material de oficina en una mano y el paraguas en la otra. El móvil vibra. Número desconocido.

Contestas. Es una mujer amable, de una empresa pequeña de cerámica. Han visto tu portfolio. Necesitan un rediseño de su tienda online y quieren saber algo antes de seguir hablando.

—¿Cuál es tu tarifa?

Y tu cabeza se queda en blanco.

El número que salió solo

Te ves a ti misma desde fuera. El autobús aún no llega. Una señora te mira de reojo porque llevas dos segundos callada con el paraguas goteando.

—Pues… cuarenta euros la hora —dices.

No sabes de dónde ha salido. No lo has calculado ni lo habías pensado. Es el número que tu boca encontró primero, quizá porque una vez oíste a alguien decirlo.

—Perfecto, me encaja —responde ella, enseguida.

Ese «enseguida» es lo que te hiela por dentro. Cuando alguien acepta sin pestañear, una voz pequeña te susurra: te has quedado corta.

Cuelgas. Dicen que te mandarán un correo. Subes al autobús, te sientas junto a la ventana y notas que el corazón va más rápido de lo que debería para una llamada tan amable.

Lo que viene después de la llamada

Durante el trayecto haces cuentas mentales, de esas que no llevan a ninguna parte. Cuarenta la hora. ¿Y la cuota de autónomos? ¿Y los meses flojos? ¿Y las horas que nadie te paga, como contestar correos, hacer presupuestos o buscar clientes? Ni siquiera sabes si cuarenta es mucho o poco. Lo único que sabes es que lo dijiste sin saberlo.

En casa dejas la bolsa en la mesa y te quedas mirando el portátil cerrado. Te da cierto pudor admitirlo, pero es verdad: llevas años trabajando por tu cuenta y nunca te sentaste a decidir cuánto necesitas cobrar. Fuiste copiando precios de aquí y de allá, mirando lo que cobraban otros, ajustando según el humor del cliente y el miedo del mes.

Y ahora hay un número en el aire, dicho en voz alta, en una llamada que ya no puedes repetir.

Por la tarde llega el correo. «Hola, ¿nos mandas presupuesto con tu tarifa de cuarenta euros por hora?». Lo lees tres veces. Escribes «Hola» y lo borras. Escribes «Gracias por» y lo borras también. Te dices que mañana, que con la cabeza más fría.

Ese «mañana» tiene un coste que nadie ve: la sensación de no ser del todo profesional, de ir improvisando algo que debería estar firme bajo tus pies.

El segundo que no tuviste

Ese silencio al teléfono se parece a muchos otros. El de la pregunta «¿y cuánto me costaría?» en una videollamada. El de «¿me haces precio?» en un mensaje. No es que no sepas hacer tu trabajo, es que nadie te enseñó a poner precio a tu tiempo. Y menos a decirlo en voz alta, de pie, bajo la lluvia.

El miércoles por la mañana, con el café delante, te haces una pregunta distinta. En vez de «¿habré dicho muy poco?», te preguntas: «¿Cuánto necesito yo, de verdad?»

Te das cuenta de que nunca lo habías mirado de frente. Lo que quieres ganar al mes. Las semanas que no vas a poder facturar. Lo que se va en cuotas, en software, en impuestos que luego pesan. Las horas que de verdad se pueden cobrar y las que no. Sin prisa, sin que nadie espere al otro lado del teléfono.

No hace falta ser contable para eso. Hace falta una tarde tranquila y un lugar donde los números se ordenen solos, para que dejen de dar vueltas en la cabeza.

Un martes distinto

Imagina otro martes, dentro de unas semanas. Mismo autobús, misma marquesina, quizá otra vez lluvia. Suena el móvil, número desconocido.

—¿Cuál es tu tarifa?

Ahora no hay pánico. Inspiras una vez, con el paraguas goteando, y dices un número que no te inventaste. Un número que conoces, que tiene detrás una cuenta hecha en calma, un suelo debajo. Lo dices con voz tranquila, sin pedir perdón y sin añadir «pero se puede hablar».

Si ella dice «vaya, es más de lo que esperaba», no se te encoge el estómago. Sabes qué piso no quieres cruzar. Y si acepta, aceptas tú también, con la cabeza alta.

Subes al autobús sin el corazón acelerado. Miras por la ventana. Te acuerdas del cliente de cerámica y sonríes: aquella llamada fue incómoda, sí, pero fue también la que te hizo sentarte a mirar tus números por primera vez.

Porque el problema nunca fue que no supieras negociar. Fue que no tenías tu cifra a mano cuando la necesitaste. Y eso se puede arreglar sin dramas, un miércoles cualquiera.

Si te reconoces en la marquesina

Si alguna vez soltaste un precio al azar y llevas días dándole vueltas, no eres menos profesional que nadie. Estás en el punto en que casi todos los autónomos se quedan atascados alguna vez.

Hemos preparado una hoja de Excel gratuita para sentarte con calma y encontrar tu tarifa mínima por hora y por día, y después enviar una factura limpia, con totales automáticos, línea de impuestos y fecha de vencimiento. Está en inglés, pero se entiende a la primera. No sustituye a un asesor fiscal: te ayuda a ordenar tus números, y las decisiones siguen siendo tuyas.

Puedes verla aquí: Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template.

La próxima vez que suene el teléfono, que tu respuesta ya esté pensada.

Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

¿Te suena? Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template (Excel) – Find your minimum hourly and day rate, then send a clean printable invoice. Excel workbook with auto totals, tax line and due date.

Ver la plantilla (en inglés)