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Miedo a gastarme el IVA y el IRPF del trimestre

2026-10-16

Jueves, 9:15, la app del banco

Irene está en la terraza de una cafetería, con el portátil cerrado y el móvil en la mano. Pidió un cortado hace veinte minutos y todavía no lo ha probado.

En la pantalla ve el saldo de la cuenta. Es un número bonito. Es más alto que el de hace dos semanas, cuando le pagaron dos facturas seguidas.

Y justo por eso le aprieta algo en el estómago.

Irene es ilustradora, trabaja sola desde hace cuatro años y vive de encargos para editoriales pequeñas y marcas de cerámica. Sabe que el plazo del trimestre está cerca. Lo sabe porque el calendario se lo recuerda, porque su gestor le mandó un mensaje amable y porque lo lleva en la cabeza desde el lunes.

Lo que no sabe es cuánto de ese saldo es suyo.

El dinero que está pero no es tuyo

El miedo no es a los impuestos en sí. Irene no discute que haya que pagarlos. Su miedo es más callado: gastarse algo que no le tocaba.

Le pasó una vez. Un trimestre cobró bien, se compró una tableta nueva que llevaba un año necesitando, pagó el alquiler del mes y, cuando llegó la fecha, hubo que hacer malabares. No fue una tragedia. Pero se acuerda perfectamente del calor en la cara y de la conversación con su madre, en la que no quiso contar nada.

Desde entonces, cada vez que entra un pago, se pregunta lo mismo:

¿Esto lo puedo tocar o no?

A veces compra un café y se siente culpable. A veces le dice que no a una cena con amigas, aunque habría podido ir. A veces abre la hoja de cálculo donde apunta las facturas, ve columnas a medias, un IVA que pensaba revisar y una celda en amarillo que ya no recuerda qué significaba, y cierra la pestaña.

Lo que más le cuesta no es el cálculo. Es no fiarse del número que ve.

La conversación de la mesa de al lado

En la mesa de al lado hay dos mujeres tomando un desayuno largo. Una de ellas, que parece tener un pequeño estudio de fotografía, le cuenta a la otra algo mientras remueve el café.

"Antes me daba pánico cada trimestre. Ahora lo que hago es otra cosa: cuando cobro, ya sé qué parte no es mía. No es que sea una experta. Es que lo veo en un sitio, tranquilo, y ya no tengo que adivinarlo."

Irene no debería escuchar. Escucha.

No oye ningún truco ni ninguna fórmula. Oye algo mucho más sencillo: una persona que ha dejado de vivir con el estómago encogido porque lo tiene delante, ordenado, a la vista.

Y entonces piensa algo que no se había permitido pensar: quizá no hace falta que me dé miedo. Quizá solo hace falta que no esté todo en mi cabeza.

Lo que cambia cuando lo ves

Ese jueves Irene no resuelve el trimestre en la terraza. Termina el café, que ya está frío, y vuelve a casa.

Pero esa tarde hace algo distinto. En lugar de abrir la hoja de cálculo para fustigarse, escribe en un papel tres cosas: lo que ha facturado, lo que ha cobrado y lo que todavía le deben. Nada más. Y por primera vez en meses el saldo del banco deja de parecer un misterio.

No le sale todo perfecto. Le mandará un mensaje a su gestor para confirmar lo que no tiene claro, porque las decisiones y las cuentas de verdad son de ella y de su gestor, no de una plantilla. Pero ya sabe qué preguntar.

Imagina cómo sería un lunes cualquiera si eso estuviera siempre así.

Abre el portátil a las nueve. Entra un pago y, en vez de la tensión de siempre, hay una pequeña tranquilidad: ese dinero ya tiene su sitio. Una parte es para vivir, otra queda a un lado, sin drama. Se prepara un té, termina una ilustración, contesta a una editorial. No mira el saldo cada hora. Se compra un libro y no se siente culpable.

La vida de autónoma no se vuelve fácil. Pero se vuelve legible.

Cuando dejas de adivinar

Lo que Irene quería no era pagar menos ni entender de impuestos como un profesional. Quería algo mucho más humano: poder gastar un café sin pensar en Hacienda, y aun así llegar al día 20 sin sobresaltos.

Quería dejar de sentir que su negocio era un truco de equilibrismo.

Y quizá tú también. Quizá te reconoces en el saldo que parece alto y no sabes si lo es. En la pestaña que cierras. En el cumpleaños al que vas con una sonrisa y el cálculo mental por debajo. En esa sensación de que otros autónomos lo tienen controlado y tú, por alguna razón, vas improvisando.

No es falta de capacidad. Es que nadie te enseñó a ver tu dinero con calma, en un solo sitio, sin tener que hacerlo todo de cabeza.

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