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No sé a qué precio vender lo hecho a mano y me da miedo

2026-10-17

Son las once de la mañana de un miércoles y estás de pie en una tienda pequeña, con una caja de cartón entre los brazos. Huele a incienso y a café recién hecho. Dentro de la caja hay doce tazas de cerámica, las que has esmaltado a mano durante tres semanas.

La dueña, Carmen, las va sacando una a una. Las gira, pasa el dedo por el borde, sonríe.

—Son preciosas. ¿A qué precio me las dejarías?

Y ahí está. La pregunta que llevas días evitando.

La cifra que se te escapa

En el tren de camino habías pensado en un número. Luego en otro. Luego has dejado de pensar, porque cada vez que te acercabas a uno de verdad, algo se encogía en el estómago.

—Pues... ¿doce euros? —oyes que dices.

Carmen asiente enseguida. Demasiado enseguida. Y en ese segundo, entre su asentimiento y tu sonrisa educada, una voz muy pequeña te susurra: te has quedado corta.

Pero ya está dicho. Firmas el albarán, te despides, sales a la calle con la caja vacía y un alivio raro, mezclado con algo que no sabes nombrar.

Lo que no cuentas a nadie

En casa, el alivio dura poco. Dejas las llaves en la mesa del salón, la misma donde modelas, y te quedas mirando el torno parado.

No es que no sepas hacer las tazas. Eso lo sabes de sobra. Lo que no sabes es cuánto cuestan de verdad. El barro, sí, más o menos. El esmalte, a ojo. La luz del horno, ni idea. Las horas de secado, de lijado, de empaquetar, de ir a la tienda… esas ni las cuentas, porque te parece raro cobrarte por algo que disfrutas.

Y luego está el miedo. Ese miedo tan concreto a que alguien vea el precio y piense: «¿Tanto por una taza?». A que te lo diga en la cara. O peor: a que no te diga nada y se marche.

Así que lo pones barato. Por si acaso. Y cuando se vende, te alegras y te enfadas a la vez, sin saber con quién.

El apunte en la libreta

El sábado siguiente tienes puesto en un mercadillo. Una mujer coge una de tus tazas, la mira por debajo y pregunta cuánto vale. Tú dices catorce, con ese tono de pedir perdón que ya conoces de memoria.

—Uy, qué bien de precio —dice ella, y se lleva dos.

No es un reproche. Es un cumplido. Y aun así, mientras cierras la caja, haces una cuenta rápida en la cabeza y notas un hueco. Entre lo que has cobrado y lo que te ha costado hacer esas dos tazas, hay algo que no cuadra. O que cuadra demasiado justo.

Esa noche abres la libreta donde apuntas las ventas. Fechas, cantidades, alguna nota suelta. Hay mercadillos, pedidos online, la tienda de Carmen. Todo mezclado. Ni una sola columna que te diga qué te queda en la mano después de materiales, comisiones y envíos.

No te falta cariño por tu trabajo. Te falta verlo.

Cuando los números dejan de dar miedo

Algo cambia el día que dejas de preguntarte «¿pagaría alguien tanto?» y empiezas a preguntarte «¿cuánto me cuesta a mí cada pieza?». Son dos preguntas muy distintas. La primera se contesta con nervios. La segunda, con calma.

Imagina que cada producto tuviera su propia fila. Que ahí estuviera, por fin, lo que gastas, lo que se lleva cada plataforma y lo que de verdad te queda. Sin juzgar. Sin que nadie te diga qué cobrar. Solo tu realidad, delante de ti, en claro.

No harías magia con eso. Pero tendrías un suelo bajo los pies. Y desde un suelo firme, decir un precio en voz alta suena distinto.

Un miércoles cualquiera, meses después

Otra vez las once de la mañana. Otra vez la tienda de Carmen, el incienso, el café.

—¿Y estas, a cuánto? —pregunta ella, señalando las tazas nuevas, las de esmalte verde.

Respiras. No hay prisa. Ya sabes cuánto cuesta hacer cada una, lo has visto escrito, y no por ti sola: por los números.

Dices la cifra. Sin disculpa en la voz, sin mirar al suelo. Más alta que la de antes, sí. Pero sin temblor.

Carmen levanta una ceja, piensa un momento y dice:

—Vale. Me llevo ocho.

O quizá dice que es mucho y te propone otra cosa. Eso también puede pasar, y no sería el fin del mundo. La diferencia es que ahora tendrías claro hasta dónde puedes bajar sin perder dinero, y a partir de dónde preferirías decir «gracias, así no puedo».

El lunes siguiente abres el ordenador con un café. Ves las ventas del mercadillo y las del pedido online en el mismo sitio. Sabes qué taza te deja más, cuál casi nada y cuál te cuesta dinero hacerla. Cierras el portátil a las seis, con las manos todavía manchadas de barro, y la cabeza ligera.

Un paso pequeño, si te has reconocido

Si te has visto en esa tienda, con la caja en los brazos y un número improvisado en la boca, quizá te sirva algo sencillo para empezar a mirar tus propios costes con tranquilidad.

Hemos preparado Price Your Handmade Work Right – Cost, Fees & Profit Calculator, un libro de Excel para quien hace cosas a mano: ves el coste, las comisiones y el beneficio por producto, obtienes un precio sugerido y llevas las ventas del mercadillo y de la tienda online en un mismo lugar. (La plantilla está en inglés.) Tiene 30 días de garantía: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas.

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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.

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