Black Friday: no sé cuánto pedir y temo quedarme sin stock
2026-10-27
Es jueves, mediodía, y el café de Irene lleva veinte minutos enfriándose junto al horno de cera.
En el móvil tiene un mensaje de una amiga que también vende por internet: «¿Tú vas a hacer algo para el Black Friday?». Lo ha leído tres veces. No ha contestado.
Irene hace velas de soja y pequeños portavelas de cerámica. Vende en su web, en Instagram y, de vez en cuando, en algún mercadillo. Está sola. Ella funde, ella envasa, ella etiqueta y ella responde a los mensajes.
El Black Friday cae a finales de noviembre. Quedan algo más de cuatro semanas, y su cabeza ya va en bucle.
Dos miedos que no caben en la misma cabeza
Un miedo dice: «Si hago descuento y se dispara, me quedo sin velas a mitad de campaña. Tendré que escribir a la gente diciendo que no hay, y parecerá que no soy seria».
El otro dice: «Si pido material de más y no se vende, tendré cajas de tarros apiladas hasta Reyes y el dinero parado en el trastero».
Los dos suenan razonables. Por eso mismo no la dejan decidir.
Irene abre el cuaderno donde apunta el material. Hay una página con «tarros: ¿unos 60?», otra con «cera, mirar», y una flecha que no recuerda haber dibujado. Abre también una hoja de cálculo que empezó en marzo. La última vez que la tocó fue en agosto.
No sabe cuántos tarros le quedan hoy. Lo sabe más o menos, que es una forma educada de decir que no lo sabe.
Lo que cuesta no saber
Nadie lo dice en voz alta, pero no saber cuánto pedir tiene un precio que no sale en ninguna factura.
Cuesta dormir un poco peor las semanas antes de una campaña. Cuesta mirar el número de pedidos con el estómago encogido en lugar de con alegría. Cuesta la conversación incómoda con el proveedor, al que escribes «es que aún no sé la cantidad» como si fuera un fallo personal.
Y cuesta algo más callado: la sensación de que otras personas llevan su negocio como un negocio de verdad, con números, y tú con una libreta y buena intención.
Irene pasa el dedo por el borde de la taza fría. Piensa en el año pasado. En un fin de semana se agotó el aroma de lavanda y tuvo que pedir paciencia a varias clientas. Algunas esperaron. Otras no volvieron. No tiene ni idea de cuáles fueron cuáles.
El momento en que algo encaja
Esa tarde llama a su hermano, que lleva la tienda de bicicletas de su suegro. Le cuenta el lío con el Black Friday.
—¿Y cuánto vendes normalmente de cada cosa? —pregunta él, sin dramatismo.
—Pues… más o menos.
—Entonces el problema no es el Black Friday —dice—. El problema es que no tienes delante qué tienes, qué se mueve y cuándo se te acaba. Si eso lo ves, lo demás es decidir con calma.
Irene se queda callada. No porque le haya descubierto nada nuevo, sino porque nadie le había dicho que esa era la pregunta. No «¿cuánto pido?», sino «¿puedo ver dónde estoy parada?».
Cuelga y, por primera vez en días, el nudo del estómago afloja un poco. No ha resuelto nada todavía. Pero el problema ha cambiado de tamaño: ya no es una niebla, es una lista.
Un lunes que se parece a otro
Imaginemos el lunes de la semana siguiente.
Irene se sienta con el café aún caliente. Abre una sola hoja. Ve cada producto con lo que tiene ahora y una señal clara de cuáles empiezan a quedarse cortos. La lavanda aparece marcada. Los portavelas grandes, no.
No hace cuentas de cabeza ni rebusca en cajones. En diez minutos sabe qué pedir hoy, qué puede esperar y qué no merece que se preocupe.
Escribe a su proveedor con una cantidad concreta. La respuesta llega rápida, porque a la gente le gusta que le pidan cosas claras.
Cuando termina, cierra el portátil. Todavía no sabe qué descuento va a poner, ni si hará descuento. Eso lo decidirá ella, con calma y con sus propias cuentas. Pero ya no decide a ciegas.
A mediodía sale a comer sin el móvil en la mano. Por la tarde ordena el taller sin esa vocecita que repite «¿y si se acaba?». El Black Friday sigue ahí, pero deja de ser una amenaza y vuelve a ser lo que era: una semana de mucho trabajo en un negocio que ella conoce.
Lo que cambia sin hacer ruido
No hace falta un sistema complicado ni un programa caro. Cambia algo mucho más sencillo: dejas de guardar el stock en la memoria y empiezas a tenerlo a la vista, con un aviso cuando algo se acerca al mínimo.
Entonces el miedo a quedarte sin stock y el miedo a que te sobre dejan de pelearse en tu cabeza. Se reparten en una hoja, con números, y tú decides.
Si te has reconocido en Irene
Si tu semana también empieza con «no sé cuánto me queda» y una libreta con flechas, quizá te sirva algo así.
Existe Never Sold Out by Surprise – Inventory & Reorder Tracker, un Excel con avisos de reposición, valor del stock y un panel de resumen. Trae una versión de ejemplo y otra en blanco, y una guía en PDF. No hay suscripción. Está en inglés, pero la hoja es sencilla de seguir. Y si no te ayuda, tienes 30 días para pedir el reembolso completo, sin preguntas.
Puedes verlo aquí, sin prisa: Never Sold Out by Surprise – Inventory & Reorder Tracker
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.