No sé qué se vende más en mi tienda y qué me sobra
2026-11-01
Es martes, las 11:15. En el mostrador de la tienda hay un café que ya se enfrió y un catálogo abierto por la página de las velas.
Al otro lado, Raúl, el comercial del proveedor, sonríe con el bolígrafo en la mano.
—Entonces, ¿qué te pongo esta vez, Lucía?
Lucía tiene una pequeña tienda de regalos y cosas para el hogar: velas, tazas, cuadernos, alguna planta. Lleva cuatro años abriendo la persiana a las diez. Conoce a medio barrio por el nombre.
Y en este momento no sabe qué contestar.
La respuesta que sale de la barriga
—Pues… lo de siempre —dice.
Raúl apunta. Ella mira las estanterías de atrás. Las tazas azules están casi intactas desde la primavera. Los cuadernos de tapa verde se acabaron hace dos semanas y alguien preguntó por ellos el sábado.
Lo sabe porque lo siente, no porque lo tenga delante. Cree que las velas de lavanda salen mucho. Cree que las tazas azules fueron un error. Cree que el cuaderno verde se vende solo.
Cree. Todo es «creo».
En el cajón del mostrador hay una libreta con apuntes, y en el móvil un Excel que empezó con mucha ilusión en enero y se quedó parado en marzo. Las ventas están en el TPV. El pedido del proveedor, en un correo. Lo que hay en el almacén, en su cabeza y en unas cajas con las tapas medio abiertas.
Lo que cuesta no saberlo
Nadie se lo dice en voz alta, pero a Lucía le pesa.
Le pesa pagar una factura de proveedor y pensar: «¿esto lo voy a vender o va a acabar en el trastero?». Le pesa el dinero que duerme en cajas, y que a fin de mes parezca que la tienda va bien pero la cuenta diga otra cosa.
Le pesa también la clienta que entra con ilusión, pregunta por lo que ya no tienes y se va con un «ya volveré». Casi nunca vuelve.
Y le pesa lo más pequeño: sentirse una tendera que improvisa, cuando por dentro quiere ser alguien que lleva su negocio con la cabeza tranquila.
—¿Dos cajas de las velas de lavanda, entonces? —pregunta Raúl.
—Sí. Bueno, no sé. Déjame mirar y te escribo luego.
Es una frase que ha dicho muchas veces. Y casi siempre acaba escribiendo a las prisas, con miedo a pasarse o a quedarse corta.
La tarde en que dejó de adivinar
Ese día, cuando cerró a las ocho, no abrió la libreta. Se sentó en el suelo del almacén con una caja de tazas azules en las rodillas y se quedó un rato mirándola.
No era un gran drama. Era cansancio de tomar decisiones a ciegas.
Pensó en lo que de verdad quería saber. No eran cosas complicadas. Quería ver, en una sola pantalla, qué se vendía y qué no. Qué se estaba acabando antes de que se acabara. Cuánto dinero había quieto en las estanterías.
No quería un sistema enorme ni un programa con mil menús. Quería algo parecido a una buena estantería: cada cosa en su sitio y a la vista de un vistazo.
Y entendió que no hacía falta ser más lista ni tener mejor memoria. Hacía falta tenerlo todo en un solo lugar y que ese lugar avisara.
Un lunes distinto
Imagina otro martes, unas semanas después.
Raúl entra con el catálogo y el mismo bolígrafo.
—¿Qué te pongo hoy?
Lucía no mira al techo. Abre el portátil, echa un vistazo a la pantalla y dice, sin prisa:
—Dos cajas de lavanda, que es lo que más sale. Los cuadernos verdes, cuatro paquetes, que se me acaban. Y de las tazas azules, nada. Todavía tengo.
Raúl levanta las cejas, sonríe y apunta.
El café sigue caliente cuando él se marcha.
No pasó nada espectacular. Pero esa noche Lucía cenó sin repasar mentalmente el almacén. El sábado, cuando alguien pregunte por el cuaderno verde, lo tendrá. Y las cajas de tazas dejarán de ser un reproche silencioso para ser un dato más: algo que ya sabe y que puede decidir con calma.
Ese es el cambio. No hay más ventas por arte de magia. Hay menos «creo» y más «lo veo». Hay menos dinero dormido y menos sorpresas desagradables. Y hay una sensación que cuesta explicar a quien no la ha perdido: la de que el negocio es tuyo y no al revés.
Si te has reconocido en el mostrador
Quizá no tengas velas ni un comercial en la puerta. Quizá vendas por Instagram, en un mercadillo o desde una habitación convertida en almacén. El momento es el mismo: alguien te pregunta qué necesitas y tú contestas con un «lo de siempre» que no te convence.
Si es así, no es falta de capacidad. Es que nadie te enseñó a tener tu tienda a la vista, y casi nadie tiene tiempo de inventarse un sistema entre cliente y cliente.
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Y si hoy no es el día, también vale. Lo importante es que la próxima vez que alguien te pregunte «¿qué te pongo?», tengas algo más firme que el «creo».
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.