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Nombres en mayúsculas y minúsculas en Excel: entrego hoy

2026-10-27

Son las 8:10 y vas de pie en el cercanías, con el portátil apoyado en el antebrazo y la mochila clavada en la espalda. Alguien te empuja sin querer. Tú no levantas la vista.

En la pantalla, la lista de asistentes del congreso. Doscientos catorce nombres. La imprenta de las acreditaciones cierra el archivo a las dos de la tarde.

La abres y se te encoge el estómago.

«JOSÉ LUIS MARTÍN». «ana de la cruz». «Lucía Fernández». «pEDRO sánchez». «MARÍA del Carmen RUIZ». «carlos GARCÍA lópez».

Imagina a Marta, una organizadora de eventos que trabaja por su cuenta. Es un personaje ilustrativo, pero seguro que te suena su mañana.

El tipo de error que se ve desde lejos

No es un fallo grave. Nadie se va a quedar sin entrar al congreso por una mayúscula mal puesta. Pero Marta sabe cómo funciona esto: las acreditaciones van colgadas del cuello, a la altura del pecho, y las lee todo el mundo.

Imagina a la directora de una empresa cliente con su nombre en minúsculas, o a un ponente con el apellido en mayúsculas gritando y el nombre en voz baja. Nadie diría nada. Pero Marta lo notaría, y el cliente también.

El cliente le encargó el evento precisamente porque «contigo todo sale limpio». Esa frase se le ha quedado grabada.

Lo peor es la procedencia de la lista. Tres fuentes distintas: el formulario de inscripción, un Excel que le mandó el patrocinador y unas filas que alguien tecleó a mano desde el móvil. Cada una con su costumbre. Una lo escribe todo en mayúsculas porque «así se ve más serio». Otra, todo en minúsculas porque el teclado del móvil no ayudaba.

La corrección a mano que parece razonable

Marta hace lo que haría cualquiera. Se dice: «Son doscientos catorce, en una hora los reviso».

Baja del tren, entra en la cafetería de siempre, pide un cortado que luego no se bebe y empieza por arriba. Celda, F2, corregir, Enter. Celda, F2, corregir, Enter.

A la fila cuarenta empieza a dudar de sí misma. ¿«de la Cruz» lleva la «d» en minúscula? ¿Y «Del Carmen»? ¿Y esos apellidos con «de» que unos escriben pegado y otros separado? Cada duda le cuesta un minuto. Cada minuto le recuerda que son las 9:50 y que todavía tiene que confirmar el catering.

Entonces suena el teléfono. Es su cliente.

—Marta, ¿cómo vamos con las acreditaciones? Quería avisar a dirección de que ya está todo.

Ella contesta con la voz más tranquila que le sale:

—Todo bien. Te las mando antes de las doce.

Cuelga y mira la hoja. Va por la fila sesenta y tres. Es la primera vez en el día que miente un poco, y no le gusta.

La pregunta que se hace en voz baja

Mientras corrige la fila setenta, le llega una duda más incómoda que la lista: «¿Cuántas veces me ha pasado esto?».

La respuesta es: muchas. El listado de proveedores del año pasado. Los contactos para el boletín. Los invitados de la cena de gala, donde un «Mª Jose» y un «María José» eran la misma persona. Cada vez lo ha arreglado a mano, a última hora, con el pulso un poco acelerado. Cada vez ha pensado: «La próxima lo hago con calma».

Y la próxima vez llega igual: tarde, con prisa, con el cliente esperando y una cola de cosas más importantes detrás.

No es falta de talento. Es que nadie le enseñó que este trabajo repetitivo se puede dejar de hacer a mano. Y a veces, cuando trabajas por tu cuenta, no hay nadie a tu lado que te lo diga.

Lo que cambia cuando ya no es una emergencia

Imagina otro martes para Marta, más adelante.

Llega la lista del congreso de otoño: otras trescientas filas, otras tres fuentes, el mismo caos de mayúsculas. Pero esta vez no hay tren con empujones ni cortado frío. Abre el archivo, lo deja pasar por un proceso que ya conoce y, antes de que se enfríe el café, tiene delante lo que importa: un informe con lo que ha cambiado y la lista limpia.

Primero lo mira en modo de prueba, sin tocar nada, solo para ver qué haría. Repasa los casos raros, los «de la», los «del», los apellidos compuestos. Decide lo que quiere decidir ella. Nadie le quita el control.

A las diez ya está contestando al catering. A las once, la imprenta tiene el archivo. Y ella, a las doce, sale a comer sin el portátil.

No ha hecho nada heroico. Simplemente la tarea dejó de ser un susto.

Cómo se siente una mañana así

Se siente casi raro, de lo tranquila que es. Respiras con la barriga en vez de con el pecho. Le dices al cliente «lo tienes en una hora» y es verdad. No tienes que fingir una calma que no sientes.

Y hay algo más pequeño y más valioso: vuelves a sentirte profesional. No porque nadie te lo diga, sino porque el trabajo sale como tú querías que saliera, sin el último tramo de sudor.

Si estás ahora mismo donde estaba Marta, con una lista que mezcla mayúsculas y minúsculas y un plazo que se acaba hoy, respira. No eres desordenada. Tienes una tarea repetitiva que nadie debería hacer a mano.

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