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Cuentas en libretas y papeles: cómo ordenarlas en Excel

2026-10-17

Es jueves, doce y diez del mediodía, y el teléfono vibra encima de la mesa de trabajo. Marisol tiene una grapadora en una mano y el respaldo de una silla a medio tapizar en la otra. En la pantalla pone: Don Anselmo, el del restaurante.

—Hola, Marisol. Oye, ¿cuánto te debo ya? Quiero pasarte lo de las sillas antes de que se me olvide.

Se le encoge algo en el estómago. Sabe que hay una cifra. Lo que no sabe es dónde está.

La respuesta está en alguna parte

Suelta la grapadora y mira alrededor. La libreta de espiral azul, la de este año. Otra verde, del año pasado, que todavía usa para "cosas de clientes". Un taco de notas amarillas pegado a la pared, junto al metro. Un sobre con tickets de tela y espuma. Y el móvil, con una nota que dice "Anselmo 4 sillas, falta señal", sin fecha.

—Dame un momento, que lo busco —dice, con la voz más tranquila que le sale.

Pasa páginas. Encuentra "Anselmo – sillas – 480" con un círculo. ¿El círculo significa que ya pagó? ¿O que hay que preguntarle? Hace dos meses, estaba segura de que lo entendería. Ahora no.

—Te lo miro y te escribo esta tarde, ¿vale?

Cuelga. Se queda mirando la pared de notas amarillas. Nadie le ha dicho que lo hace mal. Pero tampoco se siente la dueña de un negocio de verdad.

Lo que cuesta no saber

No es solo ese rato de búsqueda. Es lo que viene alrededor.

Es el domingo por la tarde, cuando se dice "hoy lo ordeno todo" y acaba sentada con el sobre de tickets sin saber ni por dónde empezar. Es abrir una hoja en blanco de Excel, quedarse mirando las columnas vacías y cerrarla. Es pensar: si empiezo, tengo que pasarlo todo desde el principio, y decidir que ya empezará la semana que viene.

También es esa idea en voz baja, que no cuenta a nadie: si me preguntan cuánto gané el trimestre pasado, no sabría decirlo. Hacienda no le da miedo en sí. Le da vergüenza no tener a mano lo que cualquier persona con un negocio "serio" tendría.

Y hay un coste más callado. A veces, cuando no sabe quién le debe qué, no reclama. Y cuando no reclama, el dinero que ya ganó tarda más en llegar.

Una hoja, un cliente

Esa tarde, Marisol no hace nada heroico. Se sienta en el taller con una taza de café y coge la libreta azul. Se propone algo pequeño, casi ridículo: pasar solo a Anselmo. Una fila. Fecha del trabajo, importe, si está pagado o no.

Tarda cuatro minutos. Encuentra el círculo, encuentra el pago de 200 € que sí le hizo, y por fin ve la cifra que faltaba: 280. Escribe a Anselmo, sin apuro, sin disculparse de más. Él contesta con un pulgar hacia arriba y un "hoy mismo te hago la transferencia".

La cifra no es lo importante. Lo importante es la sensación de que, por una vez, la respuesta estaba en un sitio y no en cuatro.

Al día siguiente añade otro cliente. Luego otro. Nadie le exige pasar dos años de libretas. Empieza desde esta semana y deja las libretas viejas donde están, en el cajón, por si algún día hace falta.

Un lunes distinto

Pasan unas semanas. Es lunes, ocho y media de la mañana, y Marisol llega al taller antes que el calor. Enciende el portátil mientras se hace el café. No hay sobre de tickets sobre la mesa; hay una carpeta con los del mes, y los de la semana ya están en su hoja.

La pantalla le enseña tres cosas, sin que tenga que buscarlas: quién le debe algo, cuánto y desde cuándo. Una clienta lleva doce días de retraso. Antes habría pensado "ya se lo diré" y habría pasado un mes. Ahora le escribe dos líneas amables, sin tensión, porque ve el dato delante y no tiene que fiarse de la memoria.

A las nueve ya está con la grapadora. La cabeza le pesa menos. No es que haya más dinero (ese sigue llegando como siempre), es que ya no tiene la nube de "algo se me escapa" encima.

El viernes cierra el portátil a las seis. Diez minutos de repaso a la semana, no más. Y luego sale a la calle con las manos vacías, sin la libreta en el bolso "por si acaso".

Empezar no es ordenarlo todo

Si te reconoces en la libreta azul, en el taco de notas amarillas o en el sobre que crece en un cajón, no tienes que ordenar tu vida entera de golpe. Un sistema sencillo hace dos cosas: pone cada dato en un sitio y te lo devuelve cuando lo necesitas. Lo demás viene después, poco a poco.

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