Primer mercadillo de Navidad: ¿cuánto género llevo?
2026-10-23
Es martes, las once y cuarto de la mañana, y el pasillo de Inés ya no es un pasillo. Es un almacén improvisado. Hay una caja de pendientes de cerámica junto a la puerta, otra con los colgantes de lino sobre el zapatero y una torre de bolsitas de papel que se tambalea cada vez que alguien abre.
Tiene el móvil en la mano. En la pantalla, el correo de la organización: «Tu solicitud ha sido aceptada. Mesa de 1,5 metros. Sábado y domingo.»
Debería estar saltando de alegría. Lleva dos años vendiendo por internet, sola, desde la mesa de la cocina. Es su primer mercadillo de Navidad. Y en lugar de alegría siente una pregunta que le da vueltas en la cabeza como una lavadora: ¿cuánto género llevo?
La mesa de metro y medio
Si llevas poco, el domingo a mediodía tendrás la mesa medio vacía y la gente pasará de largo. Y lo peor: se quedarán con las ganas de algo que ya no tienes.
Si llevas mucho, el 24 de diciembre tendrás el pasillo igual de lleno y el dinero metido en cajas.
Inés abre una libreta. Apunta «40 pendientes de cada modelo», lo tacha, apunta «30», lo vuelve a tachar. Piensa en la vecina que le dijo «seguro que lo vendes todo» y en la amiga que le dijo «yo no llevaría tanto». Ninguna de las dos sabe nada. Ella tampoco.
Y aparecen las otras preguntas, las que no se dicen en voz alta. ¿Y si llego con cambio justo y el primer cliente me paga con un billete de veinte por un pendiente de ocho? ¿Cuánto me queda de verdad de cada pieza, después de la comisión de la tienda online, el material y las horas de torno? ¿Y si lo vendo todo y descubro que he trabajado por casi nada?
No es un problema de talento. Sus piezas son bonitas. Es el nudo en el estómago de quien quiere hacerlo bien y siente que va a ciegas.
Lo que cuesta no saberlo
Ese nudo tiene un precio, aunque no salga en ninguna factura.
Cuesta noches de dar vueltas en la cama. Cuesta una tarde entera de comprar material «por si acaso», porque el miedo a quedarse corta empuja a comprar de más. Cuesta fijar precios a ojo, redondeando hacia abajo para no parecer cara, y luego quedarte con la sensación de que trabajaste mucho para ganar poco.
Y cuesta algo más callado: la sensación de no ser «un negocio de verdad». De que los demás puestos parecen saber lo que hacen y tú improvisas con una libreta y una caja de zapatos para el dinero.
Inés lo piensa mientras mira el pasillo. Hacienda y los impuestos quedan de fondo, un tema para su gestor en enero. Lo que le quita el sueño hoy es más pequeño y más inmediato: llegar al sábado sin saber nada.
El momento en que algo encaja
Esa misma tarde, Inés llama a Rocío, una ceramista que lleva años en mercadillos y que comparte puesto con ella en un grupo de WhatsApp. No le pide una cifra mágica. Solo le pregunta: «¿Tú cómo decides cuánto llevas?».
Rocío se ríe. «Al principio, a ojo. Y me equivoqué en las dos direcciones. Lo que me cambió fue dejar de adivinar. Empecé a mirar lo que de verdad dejaba cada pieza y cuánto me quedaba de cada cosa. Y a llevar la caja preparada, no improvisada».
No le da una fórmula. Le da algo mejor: la idea de que esto se puede ver. De que las dudas que se amontonan en la cabeza caben en una hoja ordenada, y que una vez ahí pesan mucho menos.
Inés cuelga el teléfono y se queda un rato quieta. No tiene la respuesta todavía, pero por primera vez la pregunta le parece manejable. No es «¿lo hago bien o mal?». Es «¿qué necesito ver para decidir con calma?».
Un sábado distinto
Imagina el sábado por la mañana.
Llegas al mercadillo con el termo de café y las cajas ya contadas. Sabes lo que traes de cada modelo, y no por intuición. Tu caja de cambio está preparada, con monedas y billetes pequeños, y no tienes que hacer cuentas mentales mientras alguien espera con el monedero abierto.
Cuando una clienta duda entre dos colgantes, no te quedas en blanco. Sabes cuál te deja más y cuál es el que más te gusta, y puedes sonreír sin ansiedad. Si alguien te pregunta por un encargo a medida, tienes tu presupuesto claro y no un número inventado a toda prisa.
Por la noche, en lugar de vaciar bolsillos sobre la cama y sumar de memoria, abres una sola hoja. Ves lo que se vendió, lo que queda y lo que de verdad ganaste. No hay sorpresas desagradables. El domingo decides si repones algo o no, con la cabeza fría.
Y el lunes por la mañana no hay resaca de dudas. Hay café, cajas más ligeras y esa tranquilidad concreta de quien sabe dónde está parada.
Inés no vendió «todo». Vendió bien, que es distinto. Y guardó en la libreta, con letra tranquila, lo que quería hacer distinto en el próximo mercadillo.
Si te reconoces en el pasillo
Quizá tu pasillo no tiene pendientes, sino velas, jabones, láminas o cuadernos. Quizá tu mercadillo no es en diciembre, sino el mes que viene. La pregunta es la misma: ¿cuánto llevo y cuánto me queda de verdad?
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.