Estoy enferma y no cobro: mi tarifa por hora freelance
2026-10-23
Martes, 9:10 de la mañana. El termómetro marca 38,4 y tú estás sentada en la cama con el portátil sobre las rodillas, una manta por los hombros y una taza de té que ya se enfrió.
Llamemos a la protagonista Marta. Es diseñadora gráfica, trabaja sola desde el cuarto del fondo de su piso y hoy tenía que entregar un manual de marca. Lo tenía casi listo. Casi.
Abre el archivo. Las letras bailan un poco. Lo cierra.
Y entonces llega el pensamiento que no la deja descansar, mucho más pesado que la fiebre: hoy no facturo.
El día que nadie te paga
Nadie le va a ingresar nada por estar en la cama. No hay baja que la espere con una nómina al final del mes, no hay compañera que cubra su silla. Si ella no trabaja, el dinero de ese día es cero.
Y lo peor es que no es el único cero. Piensa en la semana de agosto que se tomó en la playa y que pasó mirando el móvil «por si acaso». Piensa en el día del dentista, en el puente que no sabía si contaba, en esa semana de abril en que su madre estuvo en el hospital y ella contestó correos desde el pasillo.
Siempre le pareció que descansar era un lujo que se pagaba con culpa.
Marta se hace la misma pregunta que se hace casi todo el mundo que trabaja por su cuenta, aunque pocos lo dicen en voz alta: ¿cómo es posible que yo trabaje tanto y que, aun así, cada día libre me cueste dinero?
La cuenta que nunca incluyó el descanso
A media mañana, con el té recalentado, abre una hoja donde guarda sus tarifas. La tiene desde hace años. Un día, al empezar, miró lo que cobraba un conocido, lo redondeó un poco hacia abajo para no asustar a nadie y escribió una cifra por hora.
Ahora la mira de otra manera.
Esa cifra supone que todas las horas del año son horas de trabajo. Que nadie se resfría, que nadie se va una semana, que ningún cliente tarda tres días en contestar y deja un hueco en la agenda. Que la vida, en fin, no interrumpe.
Pero la vida interrumpe. Interrumpe cada año, y no pide permiso.
Marta siente algo raro en el estómago, que no es del todo la gripe. Es una especie de enfado tranquilo, dirigido a esa versión suya de hace años que fijó un precio pensando solo en los días buenos.
No es culpa de nadie. Nadie se lo enseñó. Pero tampoco hace falta seguir así.
Un precio con sitio para respirar
Lo que se le ocurre, mientras la fiebre baja un poco, no es complicado y tampoco es una fórmula. Es una idea sencilla: que su tarifa tendría que contar con que habrá días en los que no trabaje. Con las vacaciones, con las bajas pequeñas, con esas horas que se van en cosas que no se facturan: presupuestos, correos, llamadas, el papeleo que Hacienda o el SAT, según el sitio, piden de fondo y que nadie paga.
Si esas horas existen, alguien tiene que pagarlas. Y ese alguien, si ella no hace nada, es ella misma.
Se da cuenta de que no se trata de cobrar más «porque sí». Se trata de que el precio sea honesto con la vida real de una persona que trabaja sola. Un precio que no la obligue a elegir entre curarse y llegar a fin de mes.
Se queda un rato mirando el techo. Por primera vez en la mañana, respira hondo sin toser.
Otro martes, otra gripe
Imagina, solo imagina, cómo sería ese mismo martes con otra cifra en la hoja.
La fiebre sería la misma. El té frío, también. Pero Marta escribiría un correo corto al cliente: «Hoy estoy mala, te lo entrego el jueves». Lo enviaría sin el nudo en el pecho, sin pedir perdón tres veces, sin abrir el portátil para «adelantar un poco».
Porque ese día ya estaría contado. No como un regalo ni como una excepción, sino como parte normal del año. Igual que el alquiler, igual que la cuota.
Después se dormiría. De verdad. Una siesta de las que no tienen alarma.
Y cuando volviera a trabajar, el jueves, tendría la cabeza despejada y el manual de marca saldría mejor de lo que habría salido a las diez de hoy, con las letras bailando.
Quizá lo más curioso es que sus clientes ni se darían cuenta. Lo que cambia es lo que ella siente al despertarse. Se acabó eso de sentirse una pequeña empresa a la que cualquier resfriado puede hundir.
Lo que queda cuando baja la fiebre
Por la tarde, Marta se levanta, se prepara una sopa y deja el portátil cerrado encima de la mesa. No ha avanzado nada del manual. Pero ha avanzado en otra cosa, que lleva años aplazando: ha mirado de frente cómo calcula lo que vale su hora.
No ha resuelto todo. Mañana tendrá que sentarse con calma, con lápiz y con la hoja delante, y decidir qué cifra quiere de verdad. Pero ya no tiene la sensación de estar equivocada por querer descansar. Solo tiene un cálculo pendiente.
Si esta escena te suena, si alguna vez has contestado correos con fiebre o has pasado unas vacaciones mirando la bandeja de entrada, quizá te venga bien sentarte con una calculadora sencilla que cuente también los días en que no trabajas. Nosotros hicimos una, gratis, junto con una plantilla de factura limpia, lista para imprimir: Know Your Rate – Free Freelance Rate Calculator + Invoice Template. Está en inglés, pero se usa con números y casillas, y es un Excel que puedes abrir sin prisa, con tu té caliente.
Te puede servir para ver tu tarifa mínima por hora y por día. Lo que hagas con ese número es decisión tuya. No sustituye a un asesor o gestor.
Y mientras tanto, descansa. Hoy cuenta.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.