Agencia nueva me pide mi tarifa por palabra: ¿qué digo?
2026-11-02
Es lunes, las 9:10. La cafetera todavía gorgotea y tú ya has abierto el correo en el portátil, con una tostada a medias al lado.
El asunto dice: «Colaboración – traducción EN>ES». Lo firma una agencia que no conoces. Tres líneas amables y una pregunta al final:
«¿Cuál es vuestra tarifa por palabra?»
Leo esa frase y se me encoge algo en el estómago. Perdona, quiero decir que a ti se te encoge. Imaginemos a Inés, traductora autónoma, que lleva seis años traduciendo y se sabe de memoria cada rincón de su propia cocina, pero no su tarifa.
El cursor parpadea
Inés escribe «0,0». Lo borra. Escribe «0,07». Lo borra también.
Sabe lo que cobró la última vez, claro. Pero esa cifra salió de una conversación incómoda con otra agencia, hace dos años, y no recuerda si la aceptó con ganas o con prisa. Sabe lo que dicen los foros, que cada uno dice una cosa distinta. Sabe que si se pasa, quizá no responden. Y que si se queda corta, lo va a lamentar en cada encargo.
Se levanta, se sirve más café y vuelve a sentarse. El correo sigue ahí, esperando.
Lo que nadie dice en voz alta es que esa pregunta tan corta, «¿tu tarifa por palabra?», parece un examen. Como si hubiera una respuesta correcta que todos los demás ya conocen y tú no.
Lo que cuesta no saberlo
Inés piensa en el último mes. Un encargo de posedición que parecía bien pagado y que se le fue en dos tardes largas. Una urgencia de fin de semana que aceptó «por no quedar mal». Una agencia que paga cuando paga, y ella sin apuntar cuándo.
No es que no sepa traducir. Es que nunca ha mirado de frente cuánto vale una hora suya. Cobra por palabra, pero vive por horas: las que se sienta, las que revisa, las que pierde con un archivo mal exportado. Y entre una cosa y otra hay un hueco donde se esconde, sin hacer ruido, el dinero que no entra.
Por eso la pregunta le pesa tanto. No es solo un número para la agencia. Es un número que tendrá que defender cuando le digan «nuestra tarifa estándar es menor» o «con las repeticiones se aplica descuento».
Y ahí, delante del correo, lo entiende: no le asusta el precio. Le asusta no tener nada detrás que lo sostenga.
La llamada que no esperaba
A media mañana suena el móvil. Es Paula, una compañera con la que comparte dudas desde hace años, de las que contestan con un audio de cuatro minutos.
—¿Qué te pasa? Tienes voz de tarifa —le dice Paula, y se ríe.
Inés le cuenta lo del correo. Paula no le da una cifra. Eso es lo que más le sorprende. Le hace una pregunta:
—¿Tú sabes cuánto ganas realmente por hora, después de todo?
Inés se queda callada. No lo sabe. Sabe lo que factura al mes, más o menos. Sabe lo que le cuesta la cuota. Pero «por hora, de verdad», con las revisiones, los descuentos por coincidencias y esa agencia que tarda dos meses, no.
—Pues ahí empieza todo —dice Paula—. No con lo que piden ellos. Con lo que necesitas tú.
Cuelgan. Inés se queda mirando la pantalla, pero algo ha cambiado. Ya no ve un examen. Ve una pregunta que tiene sentido, y que puede responder cuando quiera, con calma, si tiene sus propios números delante.
Otro lunes, el mismo correo
Imaginemos ahora otro lunes. Mismas 9:10, mismo café, otro correo de otra agencia nueva con la misma pregunta.
Esta vez Inés no se levanta a dar vueltas por la cocina. Tiene a mano algo sencillo: sus encargos anotados, lo que cobró por palabra, cuánto le llevó de verdad, qué descuentos aceptó y cuáles no, qué agencia paga a tiempo y cuál la tiene esperando. No hace falta que lo repase todo. Basta con verlo.
Responde en cinco minutos. Una cifra clara, escrita sin disculparse, y una línea amable sobre cómo trabaja con repeticiones y urgencias. Pulsa enviar. Da un mordisco a la tostada, que aún está templada.
No es que la agencia vaya a decir que sí. Puede que digan que no, o que propongan algo más bajo. Pero cuando contesten, ella sabrá si le compensa. Y eso, para quien trabaja sola, es un tipo de tranquilidad muy concreta: la de no tener que adivinar.
A las doce ya está traduciendo. A las seis cierra el portátil. La pregunta de la mañana se quedó en el correo, como una pregunta cualquiera, no como un nudo.
Para quien se reconoce en Inés
Si te ha pasado, si has tecleado un número y lo has borrado, si alguna vez has contestado «lo que vosotros paguéis normalmente» solo para salir del paso, no es falta de oficio. Es que nadie te enseñó a mirar tu trabajo desde el lado de las horas.
Para eso hicimos en Blixwerk una plantilla de Excel para traductores: pasa tu tarifa por palabra a lo que ganas realmente por hora, apunta descuentos y recargos por urgencia, y te deja ver qué agencia paga tarde. Está en inglés, pero es una hoja sencilla y trae datos de ejemplo para empezar. Tiene garantía de devolución de 30 días: si no te ayuda, te devolvemos el dinero, sin preguntas.
Per-Word to Real Hourly – Translator Rate & Job Tracker
No sustituye a un asesor fiscal ni decide por ti. Solo te pone los números delante, para que la próxima vez que una agencia pregunte, tengas tu propia respuesta.
Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.