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Volví del mercadillo con cajas sin vender: ¿gané algo?

2026-10-25

Son las seis y diez de la tarde de un domingo. Irene abre la puerta del piso con el pie, porque tiene los brazos ocupados con una caja de cartón. Detrás vienen otras tres.

Las deja en el pasillo, una encima de otra. Se quita la chaqueta. Le duelen los hombros y los pies después de nueve horas de pie bajo un toldo que casi se la lleva el viento.

En el bolsillo del delantal lleva un sobre con billetes y monedas. Lo vacía sobre la mesa de la cocina.

Y entonces llega el pensamiento que lleva rondándole desde las tres: ¿He ganado algo hoy o he trabajado gratis?

El sobre no responde

Irene hace velas y jabones a mano. Los vende en un mercadillo de barrio un domingo al mes y, a veces, en uno más grande a una hora de coche.

Cuenta el dinero. Dos veces, porque la primera se pierde a la mitad. Le sale una cifra que, a simple vista, suena bien.

Pero la cifra no dice nada. No dice cuánto pagó por el puesto. Tampoco la gasolina, ni el café y el bocadillo que se tomó de pie a las doce. Ni las bolsitas de papel, ni la cera que compró en septiembre, ni las horas de un sábado entero vertiendo moldes.

Y menos aún dice qué hay en esas cajas del pasillo. Hay velas que no salieron. Quizá las de lavanda, que antes volaban. O las grandes, las caras, las que le costaron una tarde entera cada una.

No lo sabe. Lo intuye. Y esa intuición, justo ahora, pesa más que las cajas.

Lo que cuesta no saberlo

Hay una incomodidad pequeña que casi nadie cuenta en voz alta. Te encanta lo que haces, pero no sabes si lo que haces te da dinero.

Así que lo dejas pasar. Dices que "se ha dado bien" o que "ha sido flojito", según cómo te sientas al cerrar el toldo. Tu opinión depende más del tiempo que hizo y de lo cansada que estás que de ninguna cuenta.

Y la sensación se cuela en otras cosas. Te da apuro subir un precio porque no sabes si hace falta. Reponer lo que se vende te cuesta, porque no recuerdas qué se vendió. Y cuando alguien te pregunta "¿y esto te da para vivir?", sonríes y cambias de tema.

Irene lo sabe bien. Hace dos meses compró cera para cuarenta velas grandes porque "siempre se venden". Quedan once en una de esas cajas.

Se sirve un vaso de agua y mira el pasillo. No está triste, solo tiene una duda que no le cabe en ningún sitio.

Lunes, nueve y media

El lunes por la mañana, Irene no tiene prisa. Se prepara el café, se sienta a la mesa y abre el portátil. Alrededor, el piso huele a lavanda y a cera tibia.

Lleva tiempo con una libreta donde apunta ventas, pero es un desastre amable: tachones, flechas, una página con manchas de café. Allí no hay forma de ver qué se llevó la gente ni cuánto le quedó de verdad.

Esa mañana, mientras desayuna, piensa en algo sencillo: y si todo esto tuviera un solo lugar. Qué llevó al puesto. Qué volvió en la caja. Cuánto dinero llevaba en la caja de cambio y cuánto había al final. Cuánto le costó cada cosa, contando también su tiempo, que casi nunca cuenta.

No piensa en fórmulas ni en una gran aplicación. Piensa en una hoja tranquila donde apuntar lo del domingo en diez minutos y que el resto se vaya rellenando solo.

Y por primera vez imagina un lunes distinto. Abre el archivo, ve cuánto ganó de verdad con cada producto y cuántas velas quedan. Ve también cuántas llevar la próxima vez, y cuánto cambio para no quedarse corta a media mañana.

Sin adivinar. Sin la vocecita de las seis de la tarde.

Después de saberlo

Imagina también lo que cambiaría en lo pequeño. Que las velas grandes quizá merezcan un precio más alto, o quizá menos cantidad. Que el jabón de avena, el humilde, resulte ser el que mejor se paga. O que lo contrario sea cierto, y pueda decidirlo con calma, sin culpa.

Tampoco se trata de convertir su hobby en una oficina. Se trata de que el domingo siguiente, mientras monta el puesto, tenga la cabeza ligera. Que cuando alguien le pida un encargo especial sepa qué decir. Y que al volver a casa con una caja a medias en los brazos pueda pensar: vale, esto es lo que hay, y está bien.

Las cajas del pasillo seguirán ahí un rato. Pero ya no serán un misterio. Serán stock, con nombre y con número.

Irene se acaba el café. Se levanta, abre la primera caja y empieza a contar.

Si te has reconocido en el pasillo

Irene es un personaje inventado, pero el pasillo con cajas, el sobre sobre la mesa y la pregunta de las seis de la tarde son de mucha gente que vende lo que hace con sus manos.

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