Voy a dos mercadillos y no sé cuál me compensa: el bocata
2026-10-31
Es domingo, las 14:10. Estás sentada en el maletero abierto de la furgoneta, con las puertas hacia fuera y los pies colgando. En una mano, medio bocadillo de tortilla. En la otra, el móvil con la calculadora abierta.
Hoy has montado el puesto en la feria de las afueras. Ayer, el de la plaza del pueblo. Dos mercadillos, dos fines de semana al mes, y una pregunta que llevas meses dándole vueltas sin decirla en voz alta: ¿cuál de los dos me compensa de verdad?
Llamemos a la persona de esta historia Marta. Hace velas de cera de soja y pequeños jaboneros de cerámica. Es un personaje ilustrativo, pero quizá te suene su maletero.
Dos cajas de zapatos y una libreta
En el asiento del copiloto hay una caja de zapatos con el dinero de hoy. Detrás, otra con el de ayer. La libreta de tapas rojas tiene apuntes a lápiz: «vendidas 6 grandes», «una clienta pidió una con olor a lavanda», «Bizum 18».
Marta suma. Le salen números. Pero no sabe qué significan.
La plaza fue más bonita. Hubo gente paseando, niños con helados, una señora que se llevó tres jaboneros para regalar. La feria de hoy fue más ruidosa, más larga, con más coches. ¿Se vendió más? Parece que sí. ¿Se ganó más? Eso ya no lo sabe.
Porque la feria cuesta más por el puesto. Y la gasolina. Y el café de las siete de la mañana. Y las dos horas extra de montaje, porque el sitio que le tocó estaba lejos del aparcamiento.
Y luego está lo que nadie apunta: las velas que volvieron a casa sin vender, la cera que no se recupera, la tarde de lunes entera de empaquetar.
Lo que cuesta no saberlo
Lo incómodo no es el cansancio. Marta está acostumbrada a cansarse.
Lo incómodo es esa vocecita que aparece cada vez que alguien le pregunta «¿y qué tal el mercadillo?». Ella contesta «bien, bien, mucha gente», y por dentro piensa: no tengo ni idea.
Es la sensación de ir a ciegas con algo que hace con tanto cariño. De elegir el siguiente mercadillo por intuición, por quién cae mejor en la organización, o por si llueve. De decir que sí a una feria nueva porque «a lo mejor funciona» y rezar.
Y es una cosa más callada todavía: parecer una aficionada ante sí misma. Hace tres años habría dicho que le daba igual. Ahora, con la cuota de autónoma y la gestoría de por medio, ya no le da igual. Quiere saber si su negocio es un negocio.
El momento en que algo cambia
El bocadillo se acaba. Marta mira las dos cajas de zapatos, una al lado de otra, y se le ocurre algo muy sencillo.
No necesita un máster. No necesita que le salgan números perfectos. Necesita que cada mercadillo tenga su propia columna, con lo que entró, lo que costó estar allí y lo que se llevó a casa sin vender. Y cada producto, su propia respuesta: ¿esta vela me deja algo, después de la cera, la comisión del datáfono y mi tiempo?
Solo eso. Poner las cosas en un mismo sitio, en lugar de en una libreta, dos cajas y una calculadora.
Se ríe sola, con la boca todavía medio llena. Lleva meses pensando que el problema era elegir entre la plaza y la feria. Y quizá el problema era otro: no tener delante lo que ya sabía, pero desordenado.
Un lunes distinto
Imagina el lunes siguiente, 9:15. Marta no tiene prisa. Se prepara el café, abre el portátil en la mesa de la cocina y escribe lo del fin de semana. Diez minutos, quizá menos. Sin libreta que descifrar.
En la pantalla, dos mercadillos lado a lado. Uno deja más cuando llueve poco. El otro vende mucho, sí, pero se queda con más de lo que ella creía. Y hay una vela, la de lavanda que tanto le gusta, que casi no deja margen. Lo sospechaba, pero verlo escrito ya no es un nudo en el estómago. Es una decisión que puede tomar con calma.
No es magia. No le dice qué hacer. Pero el viernes, cuando le escriban de la organización para la feria de diciembre, no contestará «ya os digo». Sabrá si le interesa. Y si dice que no, lo dirá sin culpa.
También sabrá cuánto cambio lleva en la caja para no quedarse corta a las diez de la mañana, qué se está acabando antes de que se acabe, y qué precio poner a ese encargo especial que le pidió una clienta en la plaza.
Se levantará de la mesa a las diez menos veinte, con la tarde libre. Con esa sensación rara y buena de tener un negocio, y no solo un maletero lleno de cosas bonitas.
Si te has reconocido en el maletero
Si tú también vas a dos mercadillos (o a tres) y tienes una caja de zapatos por cada uno, no hace falta que lo resuelvas hoy. Pero quizá te apetezca tenerlo todo en un solo sitio.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.